El diálogo: eje del asesoramiento filosófico

“Cuando se pregunta a los hombres, y se les pregunta bien, responden conforme a la verdad”. (Sócrates: Fedón)

En los orígenes de la filosofía, el diálogo era el método por excelencia de la reflexión filosófica. Se consideraba que las características del diálogo genuino —no hablamos de la mera conversación entre dos o más personas, en la que con frecuencia cada intervención es un monólogo— lo convertían en un medio particularmente apto para la indagación filosófica, para la búsqueda desinteresada de la verdad. Así, un auténtico diálogo sólo tiene lugar entre interlocutores que aceptan embarcarse en una investigación libremente, de forma voluntaria. En él, ninguno de ellos hace dejación de su propio juicio o autonomía de pensamiento. Las ideas no se dan por sentadas, sino que todos las van descubriendo por sí mismos en un proceso creativo de indagación y de adhesión libre. Nadie impone a otro su punto de vista, sino que los dialogantes colaboran en un proceso conjunto de descubrimiento de la verdad. Si el punto de vista aportado por alguien finalmente se afirma, será así porque todos habrán reconocido y descubierto por sí mismos, libre y activamente, la verdad de esa posición. El genuino diálogo tiende a eliminar, por consiguiente, tanto la sumisión a una autoridad externa —es fundamental la autonomía de pensamiento de los interlocutores—, como el apego solipsista a los propios planteamientos —pues requiere que dichos interlocutores estén dispuestos a rendirse a la comprensión más elevada e integradora que con la colaboración de todos se vaya alumbrando—.

Para quienes dialogan, la única autoridad radica en el diálogo así entendido, es decir, como una instancia que es relativamente independiente de los interlocutores y superior a ellos, pero que, a la vez, no es posible sin ellos. La autoridad no pertenece, pues, a ninguna de las personas que dialogan, sino al diálogo mismo, a las exigencias del discurso, a su requerimiento impersonal de objetividad y universalidad. Por eso, los filósofos antiguos creían que al dialogar adecuadamente obedecían y se armonizaban con una instancia suprapersonal, universal y objetiva, con la Razón (Logos), con la Inteligencia universal y única que todo lo rige y de la que la inteligencia humana participa. El diálogo era para ellos una auténtica práctica espiritual.

Antaño, el diálogo era esencial a la filosofía por su capacidad de armonizar al hombre con el Logos y de abrirle a la verdad. También, porque requiere y favorece ciertas virtudes y disposiciones imprescindibles en el verdadero filósofo. Así, la voluntad de dialogar exige estar dispuesto a cuestionar los propios puntos de vista, ponerse en el lugar del otro, reconocer su derecho a pensar de forma libre y autónoma, interesarse por lo que expresa, comprender el trasfondo desde el que cobra sentido lo que dice, buscar un espacio común que sirva de punto de partida a la indagación, etc. Reconocían igualmente en el diálogo la virtud de aunar lo abstracto y lo concreto, de adaptar las ideas genéricas a las necesidades y peculiaridades de los interlocutores, lo universal a lo particular (a la persona real en su aquí y ahora).

En algunos de sus “Diálogos”, Platón da a entender que el monólogo, el discurso largo y retórico, es el más afín a los sofistas, a los que no les interesa la verdad sino imponer de forma unilateral unas ideas bellamente entrelazadas y ya fijadas de antemano. El diálogo, en cambio, puesto que supone adentrarse en lo desconocido y requiere estar dispuesto a someterse a un continuo cuestionamiento, es más afín a los filósofos, a los amantes de la verdad.

El diálogo, método por excelencia de la filosofía antigua, es también el procedimiento básico del asesoramiento filosófico.

El diálogo que tiene lugar en una consulta filosófica constituye un espacio libre y abierto de investigación. Es una conversación entre iguales en la que el consultante no abandona su independencia de pensamiento sino, todo lo contrario, en la que ésta se potencia. En este diálogo tanto el filósofo como su interlocutor filosofan libremente y por igual, pues la filosofía es una “predisposición natural de todo ser humano y no una mera habilidad profesional” (Gadamer). Obviamente, la igualdad señalada no implica absoluta simetría entre los interlocutores: el orientador tiene una formación filosófica específica y por eso el consultante acude a él; el diálogo filosófico se centra en el consultante y en lo que éste plantea; el filósofo cuenta con una mayor neutralidad y perspectiva con relación a los asuntos personales planteados; etc. La igualdad a la que aludimos no significa, por tanto, que este diálogo sea equivalente al que se puede establecer con un amigo; apunta a que el asesor no se erige en autoridad, pues la cede al propio diálogo, a lo que se alumbra en la reflexión conjunta.

Como ya señalamos, en esta interacción es esencial la voluntad del filósofo de respetar y fomentar en todo momento la autonomía y la responsabilidad del asesorado sobre sí mismo. La función del asesor no es, en ningún caso, la de sustituir al consultante en esta tarea, dándole consejos paternalistas, resolviendo sus interrogantes o solucionando sus problemas, sino la de favorecer, mediante las preguntas y sugerencias adecuadas, que éste alcance sus propias comprensiones y encuentre dentro de sí sus respuestas. El filósofo ha de ser respetuoso, tolerante e imparcial. No le corresponde imponer su visión del mundo ni su personal jerarquía de valores, sino ayudar a que el consultante descubra y madure sus propios puntos de vista. No es competencia del asesor lo que el cliente decida o concluya; sí lo es el hecho de que decida por sí mismo y se comprometa con sus decisiones, es decir, que viva responsable y consecuentemente.

Este diálogo filosófico encuentra su principal inspiración en el método practicado por Sócrates: la mayéutica. El filósofo griego decía haber elaborado su método basándose en el procedimiento practicado por su madre, que era comadrona, pues al igual que ella asistía a las mujeres parturientas, él ayudaba a sus interlocutores a parir sus propias ideas, a educir su sabiduría interna. Mayéutica —nos dice el Diccionario de la lengua española— es el “arte de partear”. Este término —continúa— “se usa desde Sócrates para nombrar el arte con el que el maestro, mediante su palabra, va alumbrando en el alma del discípulo nociones que éste tenía en sí, sin él saberlo”. Platón, en su diálogo Teeteto, pone en boca de su maestro, Sócrates, las siguientes palabras, con las que explica la naturaleza de su arte mayéutica:

“Mi arte mayéutica tiene seguramente el mismo alcance que el de las comadronas, aunque (…) tiende a provocar el parto en las almas y no en los cuerpos. (…) la acusación que me han hecho con frecuencia —de que es la falta de sabiduría la que me hace preguntar a otros, sin afirmar nada positivamente por mí mismo—, resulta verdadera. Mas la causa indudable es ésta: la divinidad me obliga a este menester con mi prójimo, pero a mí me impide engendrar. Yo mismo pues, no soy sabio en nada, ni está en mi poder o en el de mi alma hacer descubrimiento alguno. Los que se acercan hasta mí semejan de primera intención que son unos completos ignorantes, aunque luego todos ellos, una vez que nuestro trato es más asiduo, y que por consiguiente la divinidad les es más favorable, progresan con maravillosa facilidad, tanto a su vista como a la de los demás. Resulta evidente, sin embargo, que nada han aprendido de mí y que, por el contrario, encuentran y alumbran en sí mismos esos numerosos y hermosos pensamientos.”

El filósofo asesor, inspirándose en la mayéutica socrática, no ofrece respuestas ni transmite unilateralmente su modo de pensar. Actúa, más bien, a modo de espejo, ayudando, mediante las preguntas e indicaciones adecuadas, a que su interlocutor avance en su proceso de auto-descubrimiento, de clarificación de sus propios sentimientos e ideas. Las habilidades más importantes de este “arte de partear”, de ayudar a que se exprese la sabiduría interna que toda persona posee, son la de saber escuchar y la de saber hacer buenas preguntas. Estas habilidades exigen del asesor la disposición a la que Marco Aurelio exhortaba con las siguientes palabras: “Acostúmbrate a estar bien atento a lo que dice otro, y en la medida de lo posible, penetra en el alma del que habla”.

Pero, si bien saber escuchar y saber hacer buenas preguntas son las habilidades primordiales del asesor y las más definitorias del arte mayéutica, el logro de una creciente independencia de pensamiento por parte del asesorado requiere que el filósofo adopte, además, el papel de pedagogo. Esto significa que, cuando lo considere oportuno, hará reflexiones relevantes e informará sobre puntos de vista alternativos y sobre nociones o desarrollos filosóficos que puedan enriquecer el marco de referencias del asesorado o ilustrar las conclusiones a las que éste está llegando por sí mismo; también le instruirá en el arte de la atención, en el arte de pensar y en las claves del pensamiento crítico. En resumen, “instruirá al consultante en los métodos y teorías filosóficas para que éste pueda continuar aplicándolos sin la asistencia del filósofo” (Peter Raabe), lo que evitará que se cree entre ambos una relación de dependencia. Ver en el hecho de que el filósofo adopte la posición de pedagogo una disminución de la imparcialidad que le exige la mayéutica, equivale a malinterpretar esta última y a considerar al asesorado como un ser excesivamente débil y sugestionable. De hecho, sucede exactamente a la inversa: en la medida en que el consultante contrasta y amplía sus perspectivas y horizontes de pensamientos, adquiere más libertad de opción. Por otra parte, de poco sirve que el filósofo invite al consultante a tomar conciencia de que tiene dentro de sí los recursos necesarios para ayudarse a sí mismo y para llegar a ser su más calificado consultor, si este último no siente positivamente que está adquiriendo las comprensiones y habilidades que le permitirán tomar contacto con dichos recursos y utilizarlos de forma efectiva.

La imparcialidad del asesor, por consiguiente, no es ni debe ser absoluta neutralidad. El filósofo no tiene que ocultar que es una persona real con ideas propias. Es un interlocutor respetuoso, pero libre para aportar sugerencias y perspectivas nuevas cuando lo considere oportuno —siempre dejando claro a su interlocutor, no sólo verbalmente sino con su actitud, que ha de someter a crítica sus aportaciones—. No es absolutamente neutral, además, en la medida en que es un ser humano que se interesa por el asesorado y que desea lo mejor para él. Su relativa neutralidad, la que es sinónimo de respeto por las ideas y valoraciones del consultante, no la consigue diluyéndose como persona o como pensador. No consiste en una pose ni  en una estrategia (“sé la respuesta, pero me la callo”). Es auténtica y espontánea, pues surge de una convicción más profunda: la de que no hay respuestas universalmente “correctas” —un único punto de vista correcto sobre la vida o un único modo correcto de vivir—; la de que sólo sirve de ayuda lo que cada uno ve y descubre por sí mismo, aquello que le permite ir un paso más allá con respecto a su nivel de conciencia actual; y la de que sólo cada cual posee, en último término, las claves de su vida y de su destino.

Obviamente, todo lo dicho hasta ahora señala la dirección ideal hacia la que se ha de orientar una consulta de asesoramiento filosófico, aquello a lo que el asesor debe tender. Que este objetivo se consiga dependerá, en último término, de la maestría y madurez personal del filósofo.