MÓNICA CAVALLÉ | AF: enfoque sapiencial
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AF: enfoque sapiencial

“La gran sabiduría es amplitud. La sabiduría pequeña es discriminación. Las grandes doctrinas son fuego que todo lo devora. Las pequeñas son tiquismiquis de distinciones.” (Chuang Tzu: Chuang-Tzu)

“La escuela del filósofo, señores, es un hospital: no habéis de salir contentos, sino dolientes; pues no vais sanos, sino el uno con una luxación de hombro; otro, con un absceso; otro, con una fístula; otro, con dolor de cabeza. Entonces yo me siento y os digo unas reflexioncillas y unas maximitas para que vosotros salgáis alabándome: el uno, llevando el hombro tal como lo trajo; el otro, con la cabeza igual; el otro, con su fístula; el otro, con su absceso. Así que ¿para eso dejan su tierra los jóvenes y abandonan a sus padres, a sus amigos, a sus parientes y su hacienda, para decirte a ti ‘¡bravo!’ cuando pronuncias tu maximita? ¿Eso hacía Sócrates, eso hacía Zenón, eso hacía Cleantes?” (Epicteto: Disertaciones por Arriano)

 

 Asesoramiento filosófico sapiencial (AFS)

“En el sentido escolástico del término, la filosofía tiene que ver únicamente con habilidades; según su concepto universal, tiene que ver con la utilidad. En el primer aspecto, es una doctrina de destrezas; en el segundo, una doctrina de sabiduría, la legisladora de la razón. El filósofo, en este último caso, no es un ‘técnico de la razón’ sino un legislador.

El artista de la razón, el filodoxo, como Sócrates lo denomina, se afana únicamente por el conocimiento especulativo, sin advertir de qué modo ese conocimiento sirve a los fines de la razón humana. Da reglas para el uso de la razón, orientado a la consecución de cualquier fin o deseo. En cambio, el filósofo práctico, el maestro de sabiduría, a través de su doctrina y ejemplo es el verdadero filósofo. Pues la filosofía es la verdadera sabiduría que nos revela los fines de la vida humana.” (Immanuel Kant, Lógica Jäsche)

 

Hay formas diversas de entender y de practicar el asesoramiento filosófico. No todos los filósofos asesores comparten los mismos enfoques, métodos y presupuestos. Denomino a mi particular concepción y método: “enfoque sapiencial”.

¿Por qué “sapiencial”?

  • Parte de una concepción amplia del término filosofía, según la cual ésta no equivale únicamente a la historia del pensamiento occidental, sino que abarca también el pensamiento radical y crítico de otras culturas. Si bien puede ser objeto de polémica si ciertas acepciones estrechas del término “filosofía” tienen, o no, un alcance intercultural (por ejemplo, el “concepto escolástico” de esta disciplina descrito por Kant en la cita que encabeza este apartado), no sucede así con la acepción más amplia de dicho término, la que lo hermana estrechamente con el de “sabiduría”. Hoy en día  la interculturalidad del pensamiento es una exigencia si no queremos incurrir en el “provincianismo” cultural. En esta línea, resulta particularmente enriquecedor el diálogo de la filosofía occidental con las tradiciones orientales de sabiduría.
  • Según esta concepción amplia de la filosofía, más respetuosa con el sentido originario de esta actividad, ésta concierne tanto al ejercicio de las facultades discursivas como contemplativas. El AFS retoma el sentido originario del término theoría para el pensamiento antiguo: contemplación, mirada directa, atenta y desinteresada; un sentido muy alejado del que la ha llegado a identificar con una cierta construcción intelectual. El diálogo filosófico no es solo un espacio de indagación racional, sino también de toma de conciencia y de discernimiento contemplativo —de ejercitación en la capacidad de estar lúcidamente presente en un estado de “conciencia sin elección” (Jiddu Krishnamurti)—. Este diálogo indisociablemente indagativo y contemplativo distingue este enfoque de aquellos que identifican en buena medida el método del AF con el denominado “racional thinking”, es decir, con el ejercicio del pensamiento discursivo y conceptual entendido exclusivamente como deducción sustentada en las leyes de la lógica y la probabilidad.
  • El AFS entiende que sólo cabe denominar a un enfoque “filosófico” cuando cumple con la exigencia de radicalidad, cuando concierne a las denominadas cuestiones últimas, como, por ejemplo: quién soy yo (no sólo cómo soy yo), dónde radica mi verdadero bien, cuáles son los fines últimos de la vida humana, cómo me sitúo ante el mundo como un todo, etcétera. Esto aparta esta concepción del AF de aquellos enfoques en los que se abordan asuntos particulares sin rebasar el sentido común, sin radicalidad filosófica, sin sacar a la luz la filosofía personal del consultante en lo que concierne a las señaladas cuestiones últimas, y sin llevar a cabo una indagación filosófica al respecto.
  • Uno de los objetivos centrales del AFS es el conocimiento de sí mismo entendido como un conocimiento de alcance no meramente psicológico sino ontológico. El AFS parte del supuesto de que el asesorado es alguien cuya identidad central en ningún caso puede definirse por sus contenidos, procesos o estados mentales; de que, en su más íntimo centro, es más originario y potencialmente más fuerte que sus condicionamientos ambientales, biológicos o psicológicos. El filósofo asesor invita a su interlocutor a reconocer vivencialmente ese centro incondicionado y libre, a establecerse en ese fondo lúcido más originario que sus contenidos psíquicos cambiantes.
  • Parte de que la filosofía es y ha de ser operativa, es decir, de que la comprensión filosófica es intrínsecamente transformadora, de que no hay más fuente de transformación radical que el incremento de nuestra conciencia. No hablamos de que la comprensión sea un medio para la transformación, pues la comprensión filosófica es siempre un fin en sí. Aludimos a un tipo de comprensión que es en sí misma, siempre, transformadora y liberadora. Por eso, el indicio que de que esta comprensión ha tenido lugar es la transformación profunda (el acrecentamiento de la autenticidad y de la libertad interior, de la serenidad lúcida, de la coincidencia con uno mismo, de la superación del sufrimiento evitable).
  • Busca educir la sabiduría interna latente en el consultante a través de un diálogo mayéutico que se orienta a favorecer su comprensión autógena. Se diferencia, por tanto, de los enfoques en los que el asesor ofrece unilateralmente consejos o respuestas, pues considera que éstas no pueden suplir las comprensiones que el consultante alcanza por sí mismo, las únicas que son realmente suyas y que le permiten ir un paso más allá con respecto a su nivel de conciencia actual.  

Presupuestos filosóficos latentes en este enfoque

  • Tomar conciencia, ver, no equivale a especular. Una cosa es la atestiguación fenomenológica, y otra el análisis. Una cosa es el contacto espiritual inmediato con ciertos contenidos profundos, y otra el pensamiento discursivo. La actividad filosófica concierne a tanto al conocimiento contemplativo como al discursivo, estando siempre el segundo modo de conocimiento enraizado en el primero y subordinado a él.
  • El ser humano no se agota en su dimensión psicofísica. Esta queda integrada en una dimensión superior, una instancia no simétrica frente a las anteriores y libre frente a ellas. Este nivel superior de la estructura humana jerarquizada, que subordina e integra lo psicosomático, ha sido reconocido por numerosas tradiciones sapienciales. Así, por ejemplo, para buena parte de la filosofía antigua de Occidente el binomio psique-soma no agota la identidad del ser humano, lo que especifica a este último es el nous. Esta estructura ontológica trina, reconocible fenomenológicamente, presupone la irreductibilidad de lo superior a lo inferior, de dicho principio espiritual incondicionado y libre frente a la facticidad psicofísica. La falta de conciencia de esta jerarquización es, de hecho, fuente de desórdenes.
  • Toda persona tiene dentro de sí, potencialmente, la sabiduría profunda y los recursos que necesita para su pleno desenvolvimiento. El enfoque mayéutico presupone, por parte del filósofo, la confianza en este fondo inteligente y benéfico, en esta sabiduría latente que es preciso por parte del asesor educir, y por parte de su interlocutor “recordar” (Sócrates). El desarrollo en el asesorado de esta confianza básica en el fondo de la realidad es uno de los objetivos del proceso de AFS.
  • Como se deduce de lo anterior, el proceso de crecimiento y maduración de cada ser humano es singular, merece un respeto absoluto, y no ha de adaptarse forzadamente a ningún cauce o ritmo impuesto desde del exterior.
  • Detrás del sufrimiento mental evitable hay ignorancia existencial. En consecuencia, lo que libera interiormente es la comprensión, la toma de conciencia. En otras palabras, nuestros hábitos de conducta y de emoción problemáticos ocultan juicios sobre la realidad. Como afirma Spinoza, siguiendo en este punto al pensamiento estoico, las pasiones (los afectos e impulsos desordenados) son, en último término, errores de juicio.
  • Es nuestra mirada, por consiguiente, y no nuestra voluntad, la que precisa ser corregida. La voluntad humana se orienta siempre, estructuralmente, hacia lo percibido como un bien. Aunque nuestras conductas objetivamente nos perjudiquen, a través de ellas siempre buscamos algo que subjetivamente percibimos, en algún nivel de nosotros, como benéfico. En lo relativo a la conducta humana, bien y mal equivalen a verdad y error.
  • Por tanto, todo comportamiento humano es comprensible, es decir, tiene un sentido y una razón de ser, a la luz de la filosofía personal (concepciones sobre uno mismo y sobre la realidad) que lo genera. Que sea comprensible no significa que sea justificable, es decir, moralmente aceptable, ni implica negar la responsabilidad de cada cual por sus acciones.
  • Existe una “filosofía experiencial” perenne, que no es dogmática pues concierne a intuiciones operativas que toda persona puede confirmar en su propia experiencia. Esta filosofía experiencial no equivale a ninguna cosmovisión particular, pues atañe a vivencias preñadas de conocimiento que pueden articularse e insertarse dentro de distintas cosmovisiones. Por ejemplo, la distinción estoica entre “lo que depende de nosotros” y “lo que no depende de nosotros” es directamente reconocible en la experiencia de cada cual, sin que ello conlleve necesariamente asumir en su totalidad el pensamiento estoico. Algo análogo cabe decir de la intuición estoica del Principio rector, que tiene un referente fenomenológico claro y reconocible (es la instancia interior que nos que permite adoptar una actitud u otra ante los acontecimientos), sin que dicho reconocimiento implique asumir la antropología estoica. Del mismo modo, hay una “metafísica experiencial”, una experiencia del ser y de la dimensión absoluta de la realidad, que es independiente y más originaria que todo posicionamiento y articulación teórica al respecto.El reconocimiento de esta metafísica experiencial es compatible con la convicción de que la razón humana es local, culturalmente relativa y, consiguientemente, solo accede a perspectivas parciales (lo que cuestiona cualquier sistema teórico que aspire a tener un alcance objetivo, universal y absoluto, como con frecuencia ha pretendido la metafísica teórica).

Principios que guían el ejercicio del AFS y que se derivan de estos presupuestos

  • El objeto del AFS es la “filosofía operativa”, la que incumbe al ser total del consultante, a la persona integral, al pensamiento no disociado de las actitudes, conductas y emociones.
  •  El proceso de AFS es una constante invitación a que el asesorado asuma su “mayoría de edad” (Immanuel Kant). El asesor busca propiciar en todo momento la confianza del asesorado en sus recursos, en sus propias comprensiones, en su propio ritmo natural. El criterio de validez de cuanto se concluye en la consulta radica en la comprensión, la visión y la experiencia propias del asesorado. Incluso las “opiniones verdaderas” que pueda asumir del filósofo son contraproducentes para el asesorado cuando sustituyen u obstaculizan su propio proceso de comprensión, el que le lleva a sentir, tras el diálogo filosófico, que lo que se lleva de él lo ha visto por sí mismo, forma parte de sí y, por tanto, no lo puede perder.
  •  Tan importantes como los contenidos que están en juego en el diálogo filosófico son las actitudes que se movilizan y se encarnan en él (por ejemplo, una actitud sincera, no impostada, de confianza del filósofo en el fondo del asesorado). La eficacia del proceso de AFS es directamente proporcional a la congruencia existente entre las comprensiones que alumbra el diálogo y las actitudes que encarna el filósofo asesor, lo cual sólo es posible en la medida en que éste haya experimentado de forma sostenida la capacidad transformadora de la filosofía.
  •  El proceso de AFS no sólo invita a sacar a la luz y a discernir contenidos mentales, sino a reconocernos más allá de todo contenido de conciencia particular, a situarnos en nuestro “fondo insobornable” (Ortega y Gasset). De hecho, sin esta instalación, el ejercicio del pleno discernimiento no es posible porque se carece de la falta de identificación con los propios contenidos de conciencia que posibilita tener sobre ellos una mirada objetiva y desinteresada. Esto último está en relación con una actitud básica que el AFS busca promover en el asesorado: el amor desinteresado e incondicional por la verdad, por la realidad, que conduce a no instrumentalizar la comprensión filosófica a la obtención de beneficios o ventajas.
  • Todo lo dicho supone una concepción específica de la neutralidad del asesor. La neutralidad en el AFS no equivale, como en ocasiones se propone, a hacer meras preguntas eludiendo formular un pensamiento propio —lo que, además de proporcionar una dudosa ayuda, lejos de ser neutral presupone ya todo un posicionamiento con respecto a las posibilidades humanas del acceso a la verdad—. La neutralidad deseable del asesor viene dada por lo que acabamos de señalar: en primer lugar, porque favorece en el asesorado un proceso de comprensión autógena, de modo que no haya más autoridad última para él que su propia visión, y porque se adapta a su ritmo natural de comprensión y maduración; en segundo lugar, porque el filósofo articula intuiciones propias de esa filosofía experiencial que no es ideológica ni dogmática y que puede resultar relevante y elocuente para individuos con cosmovisiones dispares.
  •  Al filósofo orientador no le compete trasmitir doctrinas filosóficas. Desde este supuesto, el interés que para la práctica del asesor pueda tener cualquier enseñanza filosófica o tradición de sabiduría  no radica directamente en lo que esta tiene de teoría sobre el ser humano y la realidad, sino en lo que en ella hay de directamente vivencial, empírico y operativo. No radica en lo que tiene de contenido teórico (e incluso las conclusiones experienciales a las que han accedido otros son, para quien no las ha alcanzado, contenido teórico), sino en lo que tiene de herramienta favorecedora de la comprensión filosófica de cada cual.
  • El proceso de AFS no procura meramente clarificar ideas e indagar en ellas, sino también, y ante todo, propiciar comprensiones transformadoras, experiencias preñadas de conocimiento, estados de ser, nuevas formas de sentirse instalado en uno mismo y en el mundo. Sin esta cualidad “sentida” no hay verdadera comprensión.