El diálogo que estructura las consultas de asesoramiento filosófico tiene como objeto las concepciones sobre sí mismo y sobre la realidad que están en la base de las situaciones expuestas por el consultante. En otras palabras, la reflexión que facilita el orientador se ordena a clarificar la filosofía personal de sus interlocutores, la que está latente en sus dificultades o inquietudes, y su meta es que dicha filosofía personal madure hasta el punto de poder constituirse en fuente por excelencia de clarificación de las mismas.
El filósofo asesor nos invita a tomar conciencia de nuestras creencias y actitudes básicas, así como del modo en que éstas configuran nuestra experiencia cotidiana, y nos invita a reflexionar críticamente sobre ellas. Sabe que nuestra vida es siempre la encarnación de una filosofía, pues nuestra experiencia no está constituida por hechos y circunstancias neutras, frías, sino por situaciones interpretadas, filtradas por juicios de valor. El mundo de cada cual no es un mundo de hechos brutos, sino un mundo interpretado, sentido, valorado, es decir, en buena medida, es un mundo mental. Las concepciones que tenemos sobre la realidad y sobre nosotros mismos constituyen el bagaje desde el que configuramos e interpretamos nuestra experiencia; son, por tanto, las que en gran parte explican el significado que otorgamos a las cosas, personas y situaciones, y, consiguientemente, el que éstas nos frustren, nos motiven, nos entristezcan, nos alegren o nos resulten indiferentes; son las que nos hacen sentir que debemos o no debemos, que podemos o no podemos, las que nos inclinan por una cosa o por otra, las que tornan nuestras conductas ecuánimes o altruistas, o bien contradictorias y destructivas.
Es importante advertir que esta filosofía operativa y encarnada, la que está en el trasfondo de nuestra experiencia cotidiana, no siempre concuerda con la filosofía que asumimos teóricamente y que decimos sostener. Alguien, por ejemplo, puede decir que comparte la ética budista y en su vida cotidiana mostrarse poco ecuánime y compasivo; o puede afirmar que cree en un Dios providente y caracterizarse por una actitud controladora que refleja desconfianza en el flujo inteligente de la vida. Al filósofo no sólo le ocupa lo que decimos que pensamos, sino, sobre todo, sacar a la luz nuestra filosofía operativa, la que está íntimamente entretejida en nuestras actitudes, emociones y conductas, pues sólo la clarificación de esta última tiene la capacidad de transformarnos al incumbir a los cimientos mismos de nuestros conflictos y vivencias cotidianas. Esta reflexión atenta y comprometida sobre nuestra filosofía personal permite ir tomando conciencia de las raíces de la desarmonía existente en nuestra vida, originada, con mucha frecuencia, en nuestras concepciones limitadas sobre la realidad y sobre nosotros mismos y en las contradicciones existentes en nuestras creencias y valores, así como entre éstos, nuestras acciones, nuestras palabras y nuestro ser.
El filósofo acompaña al asesorado en este proceso ayudándole, no sólo en virtud de su conocimiento de la historia del pensamiento y de su arraigado hábito de reflexión —fundamentalmente, la aplicada a la comprensión de su propia experiencia—, sino también al proporcionarle un punto de referencia externo a él que intenta ser ecuánime y desinteresado, el de alguien que es diferente pero que a la vez comparte su condición, y al proveerle de un espacio de reflexión libre, serena y objetiva.
Si el objeto del asesoramiento filosófico es la filosofía personal del consultante, su objetivo es favorecer la coherencia interna, madurez y amplitud de esta última y su ajuste armónico y creativo con la realidad.
La reflexión dialogada que tiene lugar en una consulta de asesoramiento filosófico no se orienta, por tanto, a obtener resultados utilitarios, sino a ayudar al consultante a comprender y a comprenderse, a vivir con más conciencia y autenticidad. Es una indagación abierta, libre y desinteresada cuyo horizonte es la veracidad, no un mero instrumento para alcanzar objetivos o un cierto nivel de bienestar. De lo dicho se deduce que el asesoramiento filosófico no busca la mera “normalización” del consultante, ni satisfacer, sin más, sus necesidades inmediatas. La transformación que favorece el diálogo filosófico es abierta e impredecible; satisface nuestras necesidades más genuinas, pero no siempre las necesidades que creemos tener desde nuestros supuestos errados sobre quiénes somos y dónde radica nuestro verdadero bien.
Por este motivo, considero que el sentido de esta actividad se desvirtúa desde el momento en que se percibe como una oferta más dentro del actual “mercado del bienestar”, en el que el filósofo asesor ha de competir ajustándose a sus reglas, por ejemplo, mediante estrategias de marketing orientadas a hacer promesas de resultados rápidos en poco tiempo, o creando, mediante medios de sugestión (todos aquellos que van más allá de la mera información), la necesidad de sus prestaciones. La filosofía, por su propia naturaleza, no se ajusta a esta dinámica, por más que este hecho pueda ensombrecer a los pseudofilósofos que pretendan poner la filosofía a su servicio —no ellos al servicio de la filosofía— o que la conciban eminente o exclusivamente como un simple medio de vida.
La reflexión filosófica —no la meramente teórica, sino la que tiene efectos transformadores en la propia vida— es un fin en sí. Es un recordatorio de que hay valores, los más radicales, que no son subordinables a la esfera de la utilidad, de la rentabilidad ni a la consecución de resultados extrínsecos, por muy legítimos que estos sean. Uno de estos valores, esencial a la filosofía, es el del amor a la verdad. En el contexto de la orientación filosófica, esta última no se concibe como verdad teórica única, absoluta y estática (no se trata de alcanzar supuestas verdades absolutamente ciertas) sino como veracidad, como verdad vivida: como unidad o congruencia entre nuestro ser, convicciones profundas, palabras y acciones; como disposición a desenmascarar las distintas formas de autoengaño; como una actitud de respeto activo hacia la realidad, que excluye la voluntad de manipular los hechos y situaciones a nuestra conveniencia; como disposición a rendirnos ante lo que en cada momento nos patentiza como evidente o más probable el uso desinteresado de nuestra capacidad de discernimiento.
Ahora bien, el carácter no utilitario del diálogo filosófico no es óbice para que éste resulte útil y vaya acompañado de resultados prácticos. No puede ser de otro modo cuando, como hemos señalado, nuestras concepciones sobre la realidad están íntimamente imbricadas en nuestras actitudes, emociones y conductas cotidianas. Mi experiencia personal y la de otros asesores confirman que esta actividad conlleva resultados significativos para la mayoría de los consultantes, quienes aducen, como frutos de la misma, un sentimiento incrementado de autenticidad, un alivio notable del sufrimiento evitable, mayor lucidez y ecuanimidad, mayor capacidad de amar y renovada orientación existencial. Estos pueden considerarse objetivos de la orientación filosófica y, sin duda, lo son; ahora bien, son objetivos indirectos pues advienen como consecuencia de un trabajo centrado en la comprensión. De hecho, estos resultados indirectos son más significativos cuando se ha logrado crear un clima de indagación desinteresada, cuando se aplaca la lógica ansiedad inicial del consultante por solucionar su problema o aliviar su malestar.