MÓNICA CAVALLÉ | Práctica filosófica
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Práctica filosófica

 

“Hoy en día tenemos profesores de filosofía, pero no filósofos. Sin embargo, enseñarla es admirable porque en un tiempo también lo fue vivirla. Ser un filósofo no consiste meramente en tener pensamientos sutiles, ni en fundar una escuela, sino en amar la sabiduría tanto como para vivir de acuerdo con sus dictados, para llevar una vida de simplicidad, independencia, magnanimidad y confianza. Consiste en resolver no solo teóricamente algunos problemas de la vida, sino también prácticamente.” (H.D. Thoureau: Walden)

“Y mientras me quede aliento y fuerza, no cesaré de buscar la verdad, de amonestaros y de adoctrinar a quienquiera de vosotros que me encuentre al paso, diciéndole a mi manera: ‘Cómo tú, mi estimadísimo, ciudadano del más grande y culto de los Estados, cómo no te avergüenzas de ocuparte con afán de llenar lo más posible tu bolsa, y de procurarte fama y honor y, en cambio, de la sabiduría y la verdad y de la mejora de tu alma nada se te da’.” (Sócrates: Apología)

 

Textos extraídos de La filosofía, maestra de vida (M. Cavallé)

“Una nueva versión de una vieja tradición”

“Los enfermos se enfadan con el médico que no receta nada, y piensan que se desentiende de ellos; ¿por qué no mantenemos esa misma postura con el filósofo, de modo que creyéramos que se desentiende de que lleguemos a ser sensatos cuando no nos dice ninguna cosa práctica?” (Epicteto)

En 1981, casi dos mil años después de que Epicteto pronunciara estas palabras, pero animado con el mismo espíritu, un filósofo alemán, Gerd Achenbach, decidió abrir una consulta con la finalidad de ofrecer un servicio de orientación a aquellas personas interesadas en clarificar, desde una perspectiva filosófica, sus preguntas significativas, retos y conflictos existenciales. Denominó a su actividad “Philosophical Practice” (“práctica filosófica”, “praxis filosófica”), esto es, “filosofía practicada”, “filosofía vivida” o “filosofía puesta en acción”. Con posterioridad, este servicio rebasará el marco de la consulta privada y se ampliará también a grupos y a organizaciones, unos ámbitos en los que está encontrando una diversificación creciente que se corresponde con la vocación de la práctica filosófica de estar presente en todas las esferas de la sociedad.

Ese fue el punto de partida de un movimiento filosófico que tiene actualmente presencia en los cinco continentes y del que forman parte filósofos que, si bien tienen talantes y formas de pensar muy dispares (entre ellos cabe encontrar todas las posiciones filosóficas posibles), comparten ciertos supuestos con respecto la naturaleza de la actividad filosófica. En concreto, consideran…

 

  • que la filosofía debe retomar una de las dimensiones presentes en su sentido originario, actualmente relegada: la de ser el arte y la ciencia de la vida;
  • que, solo en la medida en que la filosofía recupere la señalada dimensión, el mayor número posible de personas podrá beneficiarse de la reflexión filosófica en su vida cotidiana;
  • que el saber más necesario, el que nos enseña a ser seres humanos, a ser interiormente libres y a vivir de forma plena y lúcida, no puede quedar relegado a unos pocos especialistas;
  • que la filosofía se ha tornado demasiado autorreferencial, dejando de ser fiel a su cometido originario; y que, como afirmaba el filósofo John Dewey a comienzos del siglo XX, solo relevará sus mejores posibilidades “cuando deje de ser un instrumento para tratar los problemas de los filósofos y llegue a ser un método, cultivado por los filósofos, para hacer frente a los problemas del ser humano.”

Los filósofos que comparten esta forma de entender la filosofía promueven distintas prácticas filosóficas que responden a la voluntad señalada de que la filosofía recupere su dimensión operativa y su conexión con la vida cotidiana. Aunque no hay absoluta unanimidad a este respecto, se suele reservar la expresión “práctica filosófica” para designar a este movimiento filosófico y a las distintas prácticas que promueve, y la de de “asesoramiento filosófico”, “acompañamiento filosófico”, “orientación filosófica” o “consulta filosófica” para denominar una de las prácticas más conocidas: la consulta privada de filosofía.

Como se deduce de lo dicho hasta ahora, este movimiento no es una moda pasajera más. Se trata, por el contrario —y en palabras de Ran Lahav—, de “una  nueva versión de una vieja tradición”. Es una actividad muy antigua en su espíritu, tanto como la misma filosofía, que encuentra su principal fuente de inspiración en la actividad de los primeros filósofos; y ello, obviamente, por más que sea nueva en su forma, en la medida en que se adapta a los contextos contemporáneos, y por más que resulte novedosa si se compara con lo que ha sido el tipo de actividad filosófica predominante en Occidente desde la Edad Media.

Lejos de ser una oferta más a añadir al confuso “mercado de la felicidad” —cada vez más pujante en una sociedad crecientemente compleja y desorientada como la nuestra—, la práctica filosófica puede tener una función “preventiva” frente a la confusión ocasionada por las modas que surgen continuamente en el ámbito de los servicios que promueven el desarrollo personal y frente a la improvisación que muchas veces conllevan estas ofertas. Cumple la función señalada en la medida en que retoma una tradición milenaria: la de los grandes “maestros de la vida”; en que se inspira y apoya en lo que ha venido descubriendo sobre el arte de vivir lo más selecto del género humano, es decir, en una sabiduría contrastada y verificada por el tiempo. Denuncia el error que supone dejar de lado este legado de sabiduría, lo que han descubierto las mentes y los corazones más preclaros de la humanidad, para pretender innovar permanentemente en todo lo relativo a la consecución de los fines de la vida humana. Esto no solo resulta necio, sino peligroso; más aún cuando disponemos de la perspectiva necesaria para depurar esas aportaciones de sus adherencias estrictamente culturales y de sus elementos caducos, extrayendo, así, lo que en ellas es válido de un modo intemporal.

Filosofía a través del diálogo

“—¡No se moleste en hablarle! —dijo una libélula posada en la punta de una espadaña—. Se ha ido.

—Bueno, ¡ella se lo pierde, y no yo! No voy a dejar de hablarle solo porque no me escuche. Me gusta oírme hablar. Es uno de mis mayores placeres. Sostengo a menudo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan profundo que a veces no comprendo ni una sola palabra de lo que digo.

—Entonces debe de ser licenciado en Filosofía —dijo la libélula.”  (Oscar Wilde: El cohete famoso)

 

La práctica de la filosofía poseía, en buena parte del mundo antiguo, una vertiente claramente dialógica. Si bien la comprensión filosófica es siempre un acto íntimo —y por eso la filosofía no es nunca un trabajo de equipo ni el filósofo puede apoyarse en las comprensiones de otros—, la filosofía no era una actividad que el filósofo llevara a cabo en un estado de aislamiento, por más que la imagen convencional del filósofo nos sugiera hoy en día exactamente lo contrario. Según el filósofo asesor Peter Raabe, este retraimiento del filósofo es “un fenómeno relativamente reciente y cabe encontrarlo predominantemente en la filosofía académica, donde las ideas son cuidadosamente guardadas y protegidas de la competencia. Recordemos que Sócrates y los numerosos filósofos que lo emularon no avanzaban simplemente por su camino en orden a alumbrar sus propios pensamientos. Practicaban la filosofía entre grupos de individuos interesados. Los primeros filósofos creían que el mejor modo de probar la verdad de sus ideas era compartirlas, y que la mejor manera de desarrollar el propio pensamiento era escuchar cuidadosamente los pensamientos de los demás.”

En efecto, para buena parte de la filosofía antigua, el diálogo era un procedimiento básico de reflexión y de transmisión filosóficas. Se consideraba que las características del diálogo genuino —no hablamos de la mera conversación entre dos o más personas, en la que con frecuencia cada intervención es un monólogo— lo convertían en un medio particularmente apto para la indagación filosófica, para la búsqueda desinteresada de la verdad. Así, un auténtico diálogo solo tiene lugar entre interlocutores que aceptan embarcarse en una investigación libremente, de forma voluntaria. En él, ninguno de ellos hace dejación de su propio juicio o autonomía de pensamiento. Las ideas no se dan por sentadas, sino que todos las van descubriendo por sí mismos en un proceso creativo de indagación y de adhesión libre. Nadie impone a otro su punto de vista, sino que los dialogantes colaboran en un proceso conjunto de descubrimiento de la verdad. Si el punto de vista aportado por alguien finalmente se afirma, será así porque todos habrán reconocido y descubierto por sí mismos, libre y activamente, la mayor autoridad de esa posición. El genuino diálogo tiende a eliminar, por consiguiente, tanto la sumisión a una autoridad externa —es fundamental la autonomía de pensamiento de los interlocutores— como el apego solipsista a los propios planteamientos —pues requiere que dichos interlocutores estén dispuestos a rendirse a la comprensión que en cada momento se desvele como más elevada e integradora—.

Para quienes dialogan, la única autoridad radica en el diálogo así entendido, es decir, como una instancia que es relativamente independiente de ellos y superior a ellos, pero que, a la vez, no es posible sin ellos. La autoridad no pertenece, pues, a ninguna de las personas que dialogan, sino al diálogo mismo, a las exigencias del discurso, a su requerimiento impersonal de objetividad y universalidad. Por eso, los filósofos antiguos creían que al dialogar adecuadamente obedecían y se armonizaban con una instancia suprapersonal, universal y objetiva, con la Razón (Lógos), con la Inteligencia universal y única que todo lo rige y de la que la inteligencia humana participa. El diálogo era para ellos una auténtica práctica espiritual.

El diálogo era esencial en la filosofía antigua por su capacidad de armonizar al individuo con el Lógos y de abrirle a la verdad. También porque requiere y favorece ciertas virtudes y disposiciones imprescindibles en el verdadero filósofo; en concreto, exige estar dispuesto a cuestionar los propios puntos de vista, ponerse en el lugar del otro, reconocer su derecho a pensar de forma libre y autónoma, interesarse por lo que expresa, comprender el trasfondo desde el que cobra sentido lo que dice, buscar un espacio común que sirva de punto de partida a la indagación, etcétera.

En algunos de sus “Diálogos”, Platón da a entender que el monólogo, el discurso largo y retórico, es el más afín a los sofistas, a los que no les interesa la verdad, sino imponer de forma unilateral unas ideas ya entrelazadas y fijadas de antemano. El diálogo, en cambio, puesto que requiere adentrarse en lo desconocido y estar dispuesto a someterse a un continuo cuestionamiento, es más afín a los filósofos, a los amantes de la verdad.

Los antiguos reconocían asimismo en el diálogo la virtud de aunar lo abstracto y lo concreto, lo universal y lo particular, esto es, de adaptar las ideas genéricas a las necesidades y peculiaridades de los interlocutores, a su vida concreta, a la persona real en su aquí y ahora. Las palabras de los filósofos cobraban todo su sentido en el contexto de un momento particular, de una determinada situación de vida, y con relación al estado mental y anímico de su interlocutor. A su vez, el filósofo no transmitía su enseñanza solo a través de su palabra, sino, sobre todo, de sus actitudes y de su estilo de vida. La filosofía no era, por consiguiente, una actividad especulativa descarnada, aunque el hecho de que la conozcamos a través de textos escritos con frecuencia nos oculte esta realidad. Prueba de ello es que algunos filósofos de la antigüedad, como Sócrates o Epicteto, ni siquiera produjeron una obra escrita.

Con el fin de encarnar la propia filosofía, en el ámbito de las escuelas antiguas de filosofía (particularmente de las pitagóricas, helenísticas o neoplatónicas) se llevaban a cabo, además, ciertos ejercicios filosóficos, a los que un filósofo contemporáneo, Michel Foucault, ha denominado “tecnologías del yo”. Designa con esta expresión “aquellas técnicas que permiten a los individuos efectuar un cierto número de operaciones en sus propios cuerpos, en sus almas, en sus pensamientos y en sus conductas, y ello de un modo tal que los transforme a sí mismos, que los modifique, con el fin de alcanzar un cierto estado de ser, de plenitud, de felicidad.”

Los ejercicios filosóficos orientados al “cuidado del sí” y el diálogo entendido como práctica espiritual y como medio de indagación y transmisión filosóficas también han sido centrales en las filosofías sapienciales de Oriente.

El movimiento de práctica filosófica se inspira en este modo operativo y dialógico de hacer filosofía que posibilita su integración en todos los ámbitos de nuestra vida y de nuestro ser.