“Una vida no examinada no merece ser vivida”. (Sócrates)
El asesoramiento filosófico (orientación filosófica o consulta filosófica) es una nueva modalidad de relación cooperativa, de ayuda, por la que un filósofo se ofrece a acompañar a su consultante o interlocutor en una reflexión dialogada orientada a clarificar, desde una perspectiva filosófica, sus preguntas, inquietudes o retos existenciales.
Esta actividad parte del supuesto de que nuestra vida es la encarnación de una filosofía, es decir, de que todos tenemos ya una filosofía personal, elaborada o poco elaborada, fruto o no de la reflexión propia, en la medida en que disponemos de una escala de valores, nociones sobre lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo inaceptable, concepciones sobre quiénes somos, cómo debemos vivir, qué es lo realmente importante, cuáles son nuestros límites y responsabilidades, etc. Estas concepciones no son inocuas, pues a partir de ellas interpretamos a cada instante lo que nos pasa; son, de hecho, las que explican por qué hacemos ciertas cosas y no otras, por qué nos motivamos o nos desmotivamos, nos alegramos, nos entristecemos o experimentamos frustración, por qué algo nos atrae o nos contraría, etc. Cuando nuestra visión de las cosas es limitada o errada entra en conflicto con la realidad y experimentamos ofuscación, carencia de sentido y sufrimiento evitable. Por eso desde la tradición filosófica se ha afirmado reiteradamente que es preciso educar nuestra mirada para que nos facilite comprender y aceptar la vida tal como es, respetar las demandas propias de cada realidad y nuestras propias demandas. Una buena filosofía es el cimiento de una vida sabia y feliz.
El filósofo asesor no se centra, por tanto, en los sucesos psicobiográficos del consultante, sino en su filosofía personal. Le invita a tomar conciencia de sus concepciones básicas, las que se revelan en sus emociones, conductas y conflictos cotidianos y, a través del método del diálogo socrático, le ayuda a examinarlas, depurarlas y madurarlas. No busca el bien-estar sino el bien-ser. No le ocupa únicamente cómo somos, sino ante todo quiénes somos. Invita al consultante a experimentar que su identidad central es más originaria y poderosa que cualquier hecho, síntoma, complejo o creencia, que sus condicionamientos ambientales, biológicos o psicológicos. No se orienta solo a resolver conflictos concretos, sino que inicia en una tarea que nunca tiene fin, la de vivir más conscientemente. E invita a que esta disposición, la de vivir conscientemente, sea nuestra prioridad por encima de todo, tanto si esto favorece los intereses de nuestro yo superficial como si no. De esto se deduce que el fin del asesoramiento filosófico no es el bienestar al precio que sea, sino la serenidad lúcida y la libertad interior que se alcanzan cuando la veracidad se convierte en el eje vertebrador que otorga unidad y coherencia a la propia vida.
El filósofo asesor es una persona con formación filosófica que confía en la capacidad trasformadora de la filosofía, pues la ha verificado en sí mismo, y que, por tanto, se siente capacitado para proporcionar a las personas con inquietudes o desafíos de trasfondo filosófico una ayuda humana efectiva. El filósofo orientador es un facilitador de la reflexión, de la vida examinada, una reflexión no paternalista y no jerárquica que respeta y fomenta la autonomía y la responsabilidad sobre sí mismos de sus interlocutores, y que no se ordena a fines utilitarios sino a ayudar a vivir con más conciencia, claridad y profundidad.
El asesoramiento filosófico busca contribuir a que la filosofía vuelva a ser relevante para la vida individual y social. Muchas personas quieren encontrar un espacio de diálogo abierto, respetuoso, no jerárquico, donde sus inquietudes y dificultades sean abordadas no de forma clínica, ni estrictamente psicológica, sino existencial y filosófica. Esta actividad responde por ello a una clara demanda social e individual; también al vacío espiritual y filosófico de nuestra cultura, que es origen de malestar, desorientación y sufrimiento emocional. Este vacío ya no busca ser llenado de forma dogmática, sino crítica y reflexiva; y nada mejor para ello que acudir al bagaje de más de 2600 años de reflexión sapiencial y filosófica.