MÓNICA CAVALLÉ | Asesoramiento filosófico
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Asesoramiento filosófico

La conciencia tranquila. Carmen Redondo.

La filosofía de la vida.

El aprendizaje de la vida debe proporcionar la conciencia de que la ‘vida verdadera’, por adoptar la expresión de Rimbaud, no se halla tanto en las necesidades utilitarias, de las cuales nadie puede escapar, sino en el cumplimiento de uno mismo y en la calidad poética de la existencia; de que vivir requiere de cada uno a la vez lucidez y comprensión, y, de manera general, la movilización de todas las aptitudes humanas.
La enseñanza de la filosofía podría revitalizarse para el aprendizaje de la vida. Podría entonces proporcionar como viático para el camino los productos más preciosos de la cultura europea: la racionalidad crítica y autocrítica, que precisamente permite autoobservarse y facilita la lucidez […]. De este modo, la filosofía recobraría grande y profunda su misión al contribuir a la conciencia de la condición humana y del aprendizaje de la vida. Como ya lo indican las consultas de filosofía, la filosofía toca la existencia de todo el mundo y la vida cotidiana. La filosofía no es una disciplina, es una potencia de interrogación y de reflexión que no solo versa sobre los conocimientos y la condición humana, sino también sobre los grandes problemas de la vida. En este sentido, el filósofo debería estimular en todas partes la aptitud crítica y autocrítica, fermentos irremplazables de la lucidez, y animar por doquier a la comprensión humana, tarea fundamental de la cultura.”

Edgard Morin: La mente bien ordenada

 

Qué es el asesoramiento filosófico

“Una vida sin examen no merece la pena ser vivida.” (Sócrates: Apología)

El asesoramiento filosófico (acompañamiento filosófico u orientación filosófica) es una relación de ayuda por la que un filósofo se ofrece a acompañar a sus interlocutores en una reflexión dialogada orientada a clarificar sus preguntas, búsquedas e inquietudes existenciales.

El filósofo asesor es una persona con formación filosófica, que confía en la capacidad transformadora de la filosofía, pues la ha verificado en sí mismo, y que se siente capacitado para proporcionar a las personas con inquietudes o desafíos de trasfondo filosófico una ayuda humana efectiva.

El filósofo orientador es un facilitador de la reflexión, de la vida examinada, una reflexión no paternalista y no jerárquica, que respeta y fomenta la autonomía y la responsabilidad sobre sí mismos de sus interlocutores, y que se ordena a ayudar a vivir con más conciencia, claridad y profundidad.

La principal vertiente de esta actividad de orientación filosófica es individual (la consulta privada de filosofía), si bien su campo de acción también se extiende a grupos y a organizaciones, pues la experiencia revela que estos últimos también se enriquecen con el mismo tipo de reflexión filosófica que resulta útil y benéfica para los individuos.

Para muchos filósofos de Occidente y de Oriente (como, por ejemplo, Epicteto, Sócrates, Ramana Maharshi o Nisargadatta), el diálogo ha sido el medio por excelencia de transmisión y de indagación filosóficas.

Los diálogos filosóficos que estructuran las consultas de asesoramiento filosófico son un vehículo para el autoconocimiento profundo; para comprender la realidad y comprendernos a nosotros mismos; para examinar nuestras ideas, valores y fines; para iluminar, con hondura filosófica, tanto nuestras dificultades, anhelos y retos cotidianos como las grandes cuestiones existenciales; para desarrollar nuestra capacidad de aceptación; para examinar nuestros vínculos y desarrollar una conexión amorosa y comprometida con nuestro entorno; para conocer, saborear y vivir lo que realmente somos.

Son, asimismo, un modo de encuentro humano basado en uno de los motivos más bellos y nobles que puede unir a dos personas: la búsqueda de la verdad.

Nuestra vida es la encarnación de una filosofía

La filosofía, que pasa por ser el saber teórico y abstracto por excelencia, es, observada más a fondo, el saber más imprescindible y el dotado de mayor irradiación práctica, pues todo ser humano depende radicalmente en su modo de existir y de obrar de una forma específica de interpretar el mundo en el que vive.

El asesoramiento filosófico parte del supuesto de que nuestra vida es siempre la encarnación de una filosofía, de que todos tenemos ya una filosofía personal, elaborada o poco elaborada, fruto o no de la reflexión propia, en la medida en que disponemos de una escala de valores, nociones sobre lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo inaceptable, concepciones sobre quiénes somos, cómo debemos vivir, qué es lo realmente importante, cuáles son nuestros límites y responsabilidades, qué podemos esperar de nosotros, de la vida y de los otros, cuál es nuestro lugar en el mundo y el sentido último de nuestra existencia, etcétera.

Dicha filosofía personal constituye el bagaje desde el que interpretamos nuestra experiencia; es, por tanto, la que explica el significado que otorgamos a las cosas, personas y situaciones y, consiguientemente, las actitudes que adoptamos ante ellas. Cuando nuestra visión de las cosas es limitada o errada, entra en conflicto con la realidad y experimentamos ofuscación, carencia de sentido y sufrimiento evitable. Por ello, desde la tradición filosófica se ha afirmado reiteradamente que es preciso educar nuestra mirada: para que nos facilite comprender y aceptar la vida tal como es, respetar las demandas propias de cada realidad y nuestras propias demandas profundas. Una buena filosofía es el cimiento de una vida productiva, creativa y feliz.

A través del diálogo filosófico, el consultante siente reforzada su capacidad de discernimiento, la que le permite deshacerse de aquellos supuestos insatisfactorios o estereotipados a los que no ha llegado por sí mismo y que actúan como una fuente de conflicto y de pérdida de libertad en su vida cotidiana. Esta revisión crítica le enseña, en definitiva, a ser libre, a dejar de ser víctima pasiva de sus hábitos automáticos de pensamiento para tomar lúcida y creativamente las riendas de su existencia.

Los diálogos filosóficos favorecen que transformemos nuestras filosofías irreflexivas y, por ello, deficientes, que nos roban libertad y autenticidad, en filosofías maduras y coherentes, que vayan a favor de lo mejor de nosotros mismos y que promuevan el goce productivo de la vida.

El diálogo mayéutico: el eje del asesoramiento filosófico

“Cuando se pregunta a los hombres, y se les pregunta bien, responden conforme a la verdad.” (Sócrates: Fedón)

El diálogo que tiene lugar en una consulta filosófica constituye un espacio libre y abierto de investigación. Es una conversación entre iguales en la que el consultante no abandona su independencia de pensamiento, sino, todo lo contrario, en la que esta se potencia. En este diálogo, tanto el filósofo como su interlocutor filosofan libremente y por igual, pues la filosofía es una “predisposición natural de todo ser humano y no una mera habilidad profesional” (Gadamer). Obviamente, la igualdad señalada no implica absoluta simetría entre los interlocutores: el filósofo tiene una formación específica y por eso el consultante acude a él; el diálogo filosófico se centra en el consultante y en lo que este plantea; el filósofo cuenta con una mayor neutralidad y perspectiva con relación a los asuntos personales planteados; etcétera La igualdad a la que aludimos no significa, por tanto, que este diálogo sea equivalente al que se puede establecer con un amigo; apunta a que el asesor no se erige en autoridad, pues la cede al propio diálogo, a lo que se alumbra en la reflexión conjunta.

Como ya señalamos, en esta interacción es esencial la voluntad del filósofo de respetar y fomentar en todo momento la autonomía y la responsabilidad del asesorado sobre sí mismo. La función del asesor no es, en ningún caso, la de sustituir al consultante en esta tarea, dándole consejos paternalistas, resolviendo sus interrogantes o solucionando sus problemas, sino la de favorecer, mediante las preguntas y aportaciones adecuadas, que este alcance sus propias comprensiones y encuentre dentro de sí sus respuestas, que entre en contacto con su voz interior y con sus propios recursos.

Este diálogo filosófico encuentra su principal inspiración en el método practicado por Sócrates: la mayéutica. El filósofo griego decía haber elaborado su método basándose en el procedimiento practicado por su madre, que era comadrona, pues, al igual que ella asistía a las mujeres parturientas, él ayudaba a sus interlocutores a parir sus propias ideas, a educir su sabiduría interna.