MÓNICA CAVALLÉ | Asesoramiento filosófico
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Asesoramiento filosófico

La filosofía de la vida.

El aprendizaje de la vida debe proporcionar la conciencia de que la ‘vida verdadera’, por adoptar la expresión de Rimbaud, no se halla tanto en las necesidades utilitarias de las cuales nadie puede escapar, sino en el cumplimiento de uno mismo y en la calidad poética de la existencia, que vivir requiere de cada uno a la vez lucidez y comprensión, y, de manera general, la movilización de todas las aptitudes humanas.

La enseñanza de la filosofía podría revitalizarse para el aprendizaje de la vida. Podría entonces proporcionar como viático para el camino los productos más preciosos de la cultura europea: la racionalidad crítica y autocrítica, que precisamente permite auto-observarse y facilita la lucidez […]. De este modo, la filosofía recobraría grande y profunda su misión al contribuir a la conciencia de la condición humana y del aprendizaje de la vida. Como ya lo indican las consultas de filosofía, la filosofía toca a la existencia de todo el mundo y a la vida cotidiana. La filosofía no es una disciplina, es una potencia de interrogación y de reflexión que no solo versa sobre los conocimientos y la condición humana, sino también sobre los grandes problemas de la vida. En este sentido, el filósofo debería estimular en todas partes la aptitud crítica y autocrítica, fermentos irremplazables de la lucidez, y animar por doquier a la comprensión humana, tarea fundamental de la cultura.” (Edgard Morin: La mente bien ordenada)

Para muchos de los filósofos que considero mi principal fuente de inspiración, tanto de Oriente y Occidente (como Epicteto, Sócrates, Ramana Maharshi o Nisargadatta), el diálogo ha sido el medio por excelencia de trasmisión y de indagación filosóficas.

Los diálogos filosóficos que estructuran las consultas de asesoramiento filosófico son un vehículo para el autoconocimiento profundo, para indagar en nuestras ideas, valores y fines, para comprender la realidad y comprendernos a nosotros mismos, para abordar las grandes cuestiones existenciales y filosóficas, para conocer, saborear  y vivir lo que somos.

Son, asimismo, un modo de encuentro humano basado en uno de los motivos más bellos y nobles que puede unir a dos personas: la búsqueda de la verdad.

Qué es el asesoramiento filosófico

“Una vida sin examen no merece la pena ser vivida.” (Sócrates: Apología)

El asesoramiento filosófico es una nueva modalidad de relación cooperativa, de ayuda, por la que un filósofo se ofrece a acompañar a su interlocutor en una reflexión dialogada orientada a clarificar, desde una perspectiva filosófica, sus preguntas, búsquedas e inquietudes existenciales.

Esta actividad parte del supuesto de que nuestra vida es siempre la encarnación de una filosofía, de que todos tenemos ya una filosofía personal, elaborada o poco elaborada, fruto o no de la reflexión propia, en la medida en que disponemos de una escala de valores, nociones sobre lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo inaceptable, concepciones sobre quiénes somos, cómo debemos vivir, qué es lo realmente importante, cuáles son nuestros límites y responsabilidades, qué podemos o no esperar de nosotros, de la vida y de los otros, cuál es nuestro lugar en el mundo y el sentido último de nuestra existencia, etcétera.

Nuestra experiencia no está constituida por hechos y circunstancias neutras, frías, sino por situaciones interpretadas, filtradas por juicios de valor. El mundo de cada cual no es un mundo de hechos brutos, sino un mundo interpretado, sentido, valorado, es decir, en buena medida es un mundo mental. Las concepciones que tenemos sobre la realidad y sobre nosotros mismos constituyen el bagaje desde el que interpretamos nuestra experiencia; son, por tanto, las que en gran parte explican el significado que otorgamos a las cosas, personas y situaciones, y, consiguientemente, las actitudes que adoptamos ante ellas; son las que esclarecen por qué hacemos ciertas cosas y no otras, por qué nos motivamos o nos desmotivamos, nos alegramos, nos entristecemos o experimentamos frustración, por qué algo nos atrae o nos contraría; son las que nos hacen sentir que debemos o no debemos, que podemos o no podemos, las que nos inclinan por una cosa o por otra, las que tornan nuestras conductas ecuánimes o altruistas, o bien contradictorias y destructivas; etcétera.

Cuando nuestra visión de las cosas es limitada o errada, entra en conflicto con la realidad y experimentamos ofuscación, carencia de sentido y sufrimiento evitable. Por eso desde la tradición filosófica se ha afirmado reiteradamente que es preciso educar nuestra mirada para que nos facilite comprender y aceptar la vida tal como es, respetar las demandas propias de cada realidad y  nuestras propias demandas profundas. Una buena filosofía es el cimiento de una vida creativa y feliz.

Conviene matizar que esta filosofía operativa y encarnada, la  que está en el trasfondo de nuestra experiencia cotidiana, no siempre concuerda con la filosofía que asumimos teóricamente y que decimos sostener. Al filósofo no solo le ocupa lo que decimos que pensamos, sino, sobre todo, sacar a la luz la filosofía que está íntimamente entretejida en nuestras actitudes, emociones y conductas, pues solo la clarificación de esta última tiene la capacidad de transformarnos al incumbir a los cimientos mismos de nuestras vivencias cotidianas.

El diálogo que estructura las consultas de asesoramiento filosófico tiene como objeto, por tanto, la filosofía personal del consultante; y su meta es favorecer la coherencia interna, madurez y amplitud de esta última, su ajuste armónico y creativo con la realidad.

El filósofo asesor no se centra en los sucesos psicobiográficos del consultante, sino en su filosofía personal. Le invita a tomar conciencia de sus concepciones básicas, las que se revelan en sus emociones, conductas y conflictos cotidianos y, a través del método del diálogo socrático, le ayuda a examinarlas, depurarlas y madurarlas. No busca el bien-estar sino el bien-ser. No le ocupa únicamente cómo somos, sino ante todo quiénes somos. Invita al consultante a experimentar que su identidad central es más originaria y poderosa que cualquier hecho, síntoma, complejo o creencia, que sus condicionamientos ambientales, biológicos o psicológicos. No se orienta únicamente a resolver conflictos concretos, sino que inicia en una tarea que nunca tiene fin: la de vivir más conscientemente. E invita a que esta última disposición sea nuestra prioridad por encima de todo, tanto si esto favorece los intereses de nuestro yo superficial como si no. De esto se deduce que el fin del asesoramiento filosófico no es el bienestar al precio que sea, sino la serenidad lúcida y la libertad interior que se alcanzan cuando la veracidad se convierte en el eje vertebrador que otorga unidad y coherencia a la propia vida.

La reflexión dialogada que tiene lugar en una consulta de asesoramiento filosófico no se orienta, pues, a obtener resultados utilitarios, sino a ayudar al consultante a comprender y a comprenderse, a vivir con más conciencia y autenticidad. Es una indagación abierta, libre y desinteresada, no un mero instrumento para alcanzar objetivos o un cierto nivel de bienestar.  La transformación que favorece el diálogo filosófico es abierta e impredecible; satisface nuestras necesidades más genuinas, pero no siempre las necesidades que creemos tener desde nuestros supuestos errados sobre quiénes somos y dónde radica nuestro verdadero bien. Por este motivo, considero que el sentido de esta actividad se desvirtúa desde el momento en que se percibe como una oferta más dentro del actual “mercado del bienestar”. La filosofía, por su propia naturaleza, no se ajusta a esta dinámica. La reflexión filosófica es un fin en sí. Es un recordatorio de que hay valores, los más radicales, que no se pueden subordinar a la esfera de la utilidad, de la rentabilidad ni a la consecución de resultados extrínsecos, por muy legítimos que estos sean.

Ahora bien, el carácter no utilitario del diálogo filosófico no es óbice para que este resulte extremadamente útil y vaya acompañado de resultados prácticos. No puede ser de otro modo cuando, como hemos señalado, nuestras concepciones sobre la realidad están íntimamente imbricadas en nuestras actitudes, emociones y conductas cotidianas. Mi experiencia personal me confirma que esta actividad conlleva resultados significativos para la mayoría de los consultantes, quienes aducen, como frutos de la misma,  un sentimiento incrementado de autenticidad, un alivio notable del sufrimiento evitable, mayor lucidez y ecuanimidad, mayor capacidad de amar y renovada orientación existencial. Estos pueden considerarse objetivos de la orientación filosófica y, sin duda, lo son; ahora bien, son objetivos indirectos pues advienen como consecuencia de un trabajo centrado en la comprensión. De hecho, estos resultados indirectos son más significativos cuando se ha logrado crear un clima de indagación desinteresada, cuando se aplaca la lógica ansiedad inicial del consultante por solucionar su problema o aliviar su malestar.

El filósofo asesor es una persona con formación filosófica que confía en la capacidad trasformadora de la filosofía, pues la ha verificado en sí mismo, y que, por tanto, se siente capacitado para proporcionar a las personas con inquietudes o desafíos de trasfondo filosófico una ayuda humana efectiva. El filósofo orientador es un facilitador de la reflexión, de la vida examinada, una reflexión no paternalista y no jerárquica que respeta y fomenta la autonomía y la responsabilidad sobre sí mismos de sus interlocutores, y que no se ordena a fines utilitarios sino a ayudar a vivir con más conciencia, claridad y profundidad.

El asesoramiento filosófico busca contribuir a que la filosofía vuelva a ser relevante para la vida individual y social. Muchas personas quieren encontrar un espacio de diálogo abierto, respetuoso, no jerárquico, donde sus inquietudes y dificultades sean abordadas, no de forma clínica ni estrictamente psicológica, sino existencial y filosófica. Esta actividad responde por ello a una clara demanda social e individual; también al vacío espiritual y filosófico de nuestra cultura, que es origen de malestar, desorientación y sufrimiento emocional. Este vacío ya no busca ser llenado de forma dogmática, sino crítica y reflexiva; y nada mejor para ello que acudir al bagaje de más de 2500 años de reflexión sapiencial y filosófica.

Supuestos

Enumeraremos algunos supuestos que sustentan y justifican esta actividad:

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El primero de ellos es el convencimiento de que la raíz de una gran parte de nuestras inquietudes y conflictos vitales no es de naturaleza médica ni psicológica sino específicamente filosófica.  El psiquiatra Carl G. Jung tenía plena conciencia de esta realidad cuando afirmaba: “Aproximadamente una tercera parte de los casos que trato no sufren debido a alguna neurosis clínicamente definible, sino a causa de la falta de sentido y de propósito de sus vidas”.

La tristeza, la ansiedad o la confusión que acompañan a los conflictos filosóficos no son meros desórdenes psicológicos o psiquiátricos; abordarlos como tales puede asfixiar el potencial de crecimiento y de auto-conocimiento que dichos conflictos conllevan. Las crisis y los retos son inseparables del desarrollo del ser humano; son, de hecho, un importante motor de nuestro crecimiento. No tiene sentido patologizar sistemáticamente los estados emocionales que los acompañan.

“El asesoramiento filosófico no debe ser visto como opuesto a la psicología, sino solo a la psicologización, esto es, a la tendencia, demasiado común a nuestra cultura, a interpretar todos los aspectos de la vida —incluso los asuntos filosóficos— desde una perspectiva psicológica. El mensaje de este nuevo movimiento filosófico es que la vida tiene aspectos filosóficos significativos que no pueden ser reducidos a mecanismos y procesos psicológicos”. (Ran Lahav)

Un segundo supuesto: las principales preguntas y tareas, las que atañen a lo más íntimo ser humano —como la consecución de la felicidad, de un sentido sólido de la propia identidad, de la paz mental y de la  libertad interior— no son competencia de la medicina, y solo derivadamente lo son de la psicología; son cuestiones y tareas eminentemente filosóficas.

Que las denominadas “grandes cuestiones”, las preguntas existenciales básicas —¿quién soy?, ¿hacia dónde me dirijo?, ¿qué es lo que quiero realmente?, ¿qué me es posible esperar?…—,  son preguntas filosóficas, y no médicas ni psicológicas, puede parecer evidente, pero está lejos de ser así. Desde el momento en que la filosofía dejó históricamente de abordar estas cuestiones de manera operativa, y no meramente teórica, se incapacitó para ser arte de vida, para proporcionar una orientación efectiva al individuo. Durante muchos siglos, la religión pretendió llenar esta laguna. Cuando sus respuestas comenzaron a ser insatisfactorias para un número significativo de personas, una disciplina naciente, la Psicología, se encargó de llenar el vacío dejado, hacía mucho, por la filosofía y pasó a ocuparse de forma práctica de las grandes tareas señaladas. Una de las consecuencias de este desplazamiento ha sido la siguiente: asuntos como la consecución de la “felicidad”, el “conocimiento de sí mismo” o el “cuidado del yo”, que ocuparon a los grandes filósofos clásicos, han resultado en ocasiones desvirtuados al quedar reducidos a meras cuestiones psicológicas (así, por ejemplo, se ha confundido frecuentemente el sí mismo esencial con el ego psicológico, el “cuidado del yo” con el refuerzo del ego psicológico, la felicidad, que para los filósofos es un bien-ser, con el bien-estar, etcétera.) Cuando excepcionalmente no ha sido así —siempre que algún psicólogo ha comprendido que estaba tratando asuntos de alcance filosófico—, la consecuencia ha sido que estos psicólogos han tenido que ejercer de filósofos y, de alguna forma, redescubrir, con mayor o menor fortuna, el legado de sabiduría práctica de la humanidad.

Un tercer supuesto, ya señalado, sustenta esta actividad: la filosofía, que pasa por ser el saber más teórico, es, de hecho, el saber más práctico, el que tiene un impacto más inmediato en nuestra vida cotidiana, pues es la particular filosofía de vida de cada cual  —el modo en que de ella se sirve cada individuo para interpretar, valorar y significar lo que es y sucede— lo que conforma más  determinantemente su existencia. Incluso aquellos que desprecian la filosofía y que consideran inútil la reflexión sobre las cuestiones señaladas, también tienen una filosofía de vida, que es precisamente la que los lleva a adoptar esa actitud. En palabras de Karl Jaspers:

“Como la filosofía es indispensable al hombre, está en todo tiempo ahí, públicamente, en los refranes tradicionales, en los apotegmas filosóficos corrientes, en las convicciones dominantes […] No hay manera de escapar a la filosofía. La cuestión es solo si será consciente o no, si será buena o mala, confusa o clara. Quien rechaza la filosofía, profesa también una filosofía, pero sin ser consciente de ella”.

Nuestras filosofías de vida, las que pensamos y las que vivimos, son con frecuencia precarias: no son unitarias ni internamente coherentes, y muchos de los supuestos y valores que las constituyen no han sido asumidos a través de un proceso activo de reflexión, sino que han sido incorporados irreflexiva o inadvertidamente. A través del diálogo filosófico el asesorado siente reforzada su capacidad de discernimiento, el que le permite deshacerse de aquellos supuestos insatisfactorios o estereotipados a los que no ha llegado por sí mismo y que actúan como una fuente de conflicto y de pérdida de libertad en su vida cotidiana. Esta revisión crítica le enseña, en definitiva, a ser libre, a dejar de ser víctima pasiva de sus hábitos automáticos de pensamiento para tomar lúcida y creativamente las riendas de su existencia.

Los diálogos filosóficos favorecen que transformemos nuestras filosofías irreflexivas y, por ello, deficientes, que nos roban libertad y autenticidad, en filosofías maduras y coherentes, que vayan a favor de lo mejor de nosotros mismos y que promuevan el goce productivo de la vida.

El diálogo mayéutico: eje del asesoramiento filosófico

“Cuando se pregunta a los hombres, y se les pregunta bien, responden conforme a la verdad.” (Sócrates: Fedón)

Hemos señalado que para buena parte de la filosofía antigua el diálogo era un procedimiento básico de reflexión y de trasmisión filosóficas. Se consideraba que las características del diálogo genuino —no hablamos de la mera conversación entre dos o más personas, en la que con frecuencia cada intervención es un monólogo— lo convertían en un medio particularmente apto para la indagación filosófica, para la búsqueda desinteresada de la verdad. Así, un auténtico diálogo solo tiene lugar entre interlocutores que aceptan embarcarse en una investigación libremente, de forma voluntaria. En él, ninguno de ellos hace dejación de su propio juicio o autonomía de pensamiento. Las ideas no se dan por sentadas, sino que todos las van descubriendo por sí mismos en un proceso creativo de indagación y de adhesión libre. Nadie impone a otro su punto de vista, sino que los dialogantes colaboran en un proceso conjunto de descubrimiento de la verdad. Si el punto de vista aportado por alguien finalmente se afirma, será así porque todos habrán reconocido y descubierto por sí mismos, libre y activamente, la mayor autoridad de esa posición. El genuino diálogo tiende a eliminar, por consiguiente, tanto la sumisión a una autoridad externa —es fundamental la autonomía de pensamiento de los interlocutores—, como el apego solipsista a los propios planteamientos —pues requiere que dichos interlocutores estén dispuestos a rendirse a la comprensión que en cada momento se desvele como más elevada e integradora—.

Para quienes dialogan, la única autoridad radica en el diálogo así entendido, es decir, como una instancia que es relativamente independiente de los interlocutores y superior a ellos, pero que, a la vez, no es posible sin ellos. La autoridad no pertenece, pues, a ninguna de las personas que dialogan, sino al diálogo mismo, a las exigencias del discurso, a su requerimiento impersonal de objetividad y universalidad. Por eso, los filósofos antiguos creían que al dialogar adecuadamente obedecían y se armonizaban con una instancia suprapersonal, universal y objetiva, con la Razón (Logos), con la Inteligencia universal y única que todo lo rige y de la que la inteligencia humana participa. El diálogo era para ellos una auténtica práctica espiritual.

El diálogo era esencial a la filosofía antigua por su capacidad de armonizar al hombre con el Logos y de abrirle a la verdad. También porque requiere y favorece ciertas virtudes y disposiciones imprescindibles en el verdadero filósofo: exige estar dispuesto a cuestionar los propios puntos de vista, ponerse en el lugar del otro, reconocer su derecho a pensar de forma libre y autónoma, interesarse por lo que expresa, comprender el trasfondo desde el que cobra sentido lo que dice, buscar un espacio común que sirva de punto de partida a la indagación, etcétera. Reconocían igualmente en el diálogo la virtud de aunar lo abstracto y lo concreto, de adaptar las ideas genéricas a las necesidades y peculiaridades de los interlocutores, lo universal a lo particular (a la persona real en su aquí y ahora).

En algunos de sus “Diálogos”, Platón da a entender que el monólogo, el discurso largo y retórico, es el más afín a los sofistas, a los que no les interesa la verdad sino imponer de forma unilateral unas ideas bellamente entrelazadas y ya fijadas de antemano. El diálogo, en cambio, puesto que supone adentrarse en lo desconocido y requiere estar dispuesto a someterse a un continuo cuestionamiento, es más afín a los filósofos, a los amantes de la verdad.

El diálogo, central en la filosofía antigua, es el procedimiento básico del asesoramiento filosófico. El diálogo que tiene lugar en una consulta filosófica constituye un espacio libre y abierto de investigación. Es una conversación entre iguales en la que el consultante no abandona su independencia de pensamiento sino, todo lo contrario, en la que esta se potencia. En este diálogo tanto el filósofo como su interlocutor filosofan libremente y por igual, pues la filosofía es una “predisposición natural de todo ser humano y no una mera habilidad profesional” (Gadamer). Obviamente, la igualdad señalada no implica absoluta simetría entre los interlocutores: el orientador tiene una formación filosófica específica y por eso el consultante acude a él; el diálogo filosófico se centra en el consultante y en lo que este plantea; el filósofo cuenta con una mayor neutralidad y perspectiva con relación a los asuntos personales planteados; etcétera La igualdad a la que aludimos no significa, por tanto, que este diálogo sea equivalente al que se puede establecer con un amigo; apunta a que el asesor no se erige en autoridad, pues la cede al propio diálogo, a lo que se alumbra en la reflexión conjunta.

Como ya señalamos, en esta interacción es esencial la voluntad del filósofo de respetar y fomentar en todo momento la autonomía y la responsabilidad del asesorado sobre sí mismo. La función del asesor no es, en ningún caso, la de sustituir al consultante en esta tarea, dándole consejos paternalistas, resolviendo sus interrogantes o solucionando sus problemas, sino la de favorecer, mediante las preguntas y aportaciones adecuadas, que este alcance sus propias comprensiones y encuentre dentro de sí sus respuestas.

Este diálogo filosófico encuentra su principal inspiración en el método practicado por Sócrates: la mayéutica. El filósofo griego decía haber elaborado su método basándose en el procedimiento practicado por su madre, que era comadrona, pues al igual que ella asistía a las mujeres parturientas, él ayudaba a sus interlocutores a parir sus propias ideas, a educir su sabiduría interna. Mayéutica —nos dice el Diccionario de la lengua española— es el “arte de partear”. Este término —continúa— “se usa desde Sócrates para nombrar el arte con el que el maestro, mediante su palabra, va alumbrando en el alma del discípulo nociones que este tenía en sí, sin él saberlo”. Platón, en su diálogo Teeteto, pone en boca de su maestro, Sócrates, las siguientes palabras, con las que explica la naturaleza de su arte mayéutica:

“Mi arte mayéutica tiene seguramente el mismo alcance que el de las comadronas, aunque [...] tiende a provocar el parto en las almas y no en los cuerpos. [...] la acusación que me han hecho con frecuencia —de que es la falta de sabiduría la que me hace preguntar a otros, sin afirmar nada positivamente por mí mismo—, resulta verdadera. Mas la causa indudable es esta: la divinidad me obliga a este menester con mi prójimo, pero a mí me impide engendrar. Yo mismo pues, no soy sabio en nada, ni está en mi poder o en el de mi alma hacer descubrimiento alguno. Los que se acercan hasta mí semejan de primera intención que son unos completos ignorantes, aunque luego todos ellos, una vez que nuestro trato es más asiduo, y que por consiguiente la divinidad les es más favorable, progresan con maravillosa facilidad, tanto a su vista como a la de los demás. Resulta evidente, sin embargo, que nada han aprendido de mí y que, por el contrario, encuentran y alumbran en sí mismos esos numerosos y hermosos pensamientos.”

Para Todos La 2 – Debate: Filosofía terapéutica