Supuestos de esta actividad

Son varios los supuestos que sustentan y justifican esta actividad:

• El primero de ellos es el convencimiento, compartido por los filósofos asesores, de que la raíz de una gran parte de nuestras inquietudes y conflictos vitales no es de naturaleza médica ni psicológica sino específicamente filosófica (y ello, por más que dichas dificultades, como toda experiencia humana, tengan un reflejo psicológico o psicosomático).

Muchas situaciones y problemas que suelen ser abordados o tratados por terapias psicológicas y psiquiátricas no tienen el carácter de problemas o enfermedades psicológicas, sino que son inquietudes o sufrimientos de raíz filosófica que, por lo tanto, pueden y deben ser afrontados filosóficamente. El psiquiatra Carl G. Jung tenía plena conciencia de esta realidad cuando afirmaba: “Aproximadamente una tercera parte de los casos que trato no sufren debido a alguna neurosis clínicamente definible, sino a causa de la falta de sentido y de propósito de sus vidas”.

La tristeza, la ansiedad o la confusión que acompañan a los conflictos filosóficos no son meros desórdenes psicológicos o psiquiátricos; abordarlos como tales puede asfixiar el potencial de crecimiento y de auto-conocimiento que dichos conflictos conllevan. Las crisis y los retos son inseparables del desarrollo del ser humano; son, de hecho, un importante motor de nuestro crecimiento. No tiene sentido patologizarlos ni patologizar sistemáticamente los estados emocionales que los acompañan. 

“El asesoramiento filosófico no debe ser visto como opuesto a la psicología, sino sólo a la psicologización, esto es, a la tendencia, demasiado común a nuestra cultura, a interpretar todos los aspectos de la vida —incluso los asuntos filosóficos— desde una perspectiva psicológica. El mensaje de este nuevo movimiento filosófico es que la vida tiene aspectos filosóficos significativos que no pueden ser reducidos a mecanismos y procesos psicológicos”. (Ran Lahav) 

• Un segundo supuesto sustenta esta actividad: las principales preguntas y tareas, las que atañen a lo más íntimo ser humano —como la consecución de la felicidad, de un sentido sólido de la propia identidad, de la paz mental y de la  libertad interior— no son competencia de la medicina, y sólo derivadamente lo son de la psicología; son cuestiones y tareas eminentemente filosóficas.

Que las denominadas “grandes cuestiones”, las preguntas existenciales básicas —¿quién soy?, ¿hacia dónde me dirijo?, ¿qué es lo que quiero realmente?, ¿qué me es posible esperar?…—,  son preguntas filosóficas, y no médicas ni psicológicas, puede parecer evidente, pero está lejos de ser así. Desde el momento en que la filosofía dejó históricamente de abordar estas cuestiones de manera operativa, y no meramente teórica, se incapacitó para ser arte de vida, para proporcionar una orientación efectiva al individuo. Durante muchos siglos, la religión pretendió llenar esta laguna. Cuando sus respuestas comenzaron a ser insatisfactorias para un número significativo de personas, una disciplina naciente, la Psicología, se encargó de llenar el vacío dejado, hacía mucho, por la filosofía y pasó a ocuparse de forma práctica de las grandes tareas señaladas. Una de las consecuencias de este desplazamiento ha sido la siguiente: asuntos como la consecución de la “felicidad”, el “conocimiento de sí mismo” o el “cuidado del yo”, que ocuparon a los grandes filósofos clásicos, han resultado en ocasiones desvirtuados al quedar reducidos a meras cuestiones psicológicas (así, por ejemplo, se ha confundido frecuentemente el sí mismo esencial con el ego psicológico, el “cuidado del yo” con el refuerzo del ego psicológico, la felicidad, que para los filósofos es un bien-ser, con el bien-estar, etc.) Cuando excepcionalmente no ha sido así —siempre que algún psicólogo ha comprendido que estaba tratando asuntos de alcance filosófico—, la consecuencia ha sido que estos psicólogos han tenido que ejercer de filósofos y, de alguna forma, redescubrir o reinventar, con mayor o menor fortuna, el legado de sabiduría práctica de la humanidad.

• Un tercer supuesto sustenta esta actividad de asesoramiento filosófico: todos tenemos una filosofía de vida que configura nuestra experiencia cotidiana.

El asesoramiento filosófico parte del supuesto ya señalado de que cada ser humano tiene su propia filosofía de vida y de que ésta, lejos de ser algo abstracto, circunscrito al ámbito de sus pensamientos, determina directamente su modo de existir y de obrar: lo que hace y deja de hacer, lo que siente o no, lo que le alegra o le entristece, lo que le frustra y lo que anhela, etc. La filosofía, que pasa por ser el saber más teórico, es, de hecho, el saber más práctico, el que tiene un impacto más inmediato en nuestra vida cotidiana, pues es la particular filosofía de vida de cada cual  —el modo en que de ella se sirve cada individuo para interpretar, valorar y significar lo que es y sucede— lo que conforma más  determinantemente su existencia. Esta filosofía de vida es, de hecho, el trasfondo desde el que cobra pleno sentido su comportamiento.

La filosofía de cada cual equivale a su visión del mundo: sus supuestos y creencias básicas sobre sí mismo y sobre la realidad, su escala de valores, su noción acerca de quién es, cómo debe vivir, qué puede o no esperar de sí, de la vida y de los otros, cuál es su lugar en el mundo y el sentido último de su existencia, etc. También el modo en que responde a cuestiones del tipo: ¿Tengo razones para confiar en mí mismo, o debo descansar en el criterio de alguna autoridad? ¿Conviene que sea fiel a mis elecciones y compromisos pasados o que lo sea a mis sentimientos y necesidades presentes?… Incluso aquellos que desprecian la filosofía y que consideran inútil la reflexión sobre las cuestiones señaladas, también tienen una filosofía de vida, que es precisamente la que los lleva a adoptar esa actitud. En palabras de Karl Jaspers:

“Como la filosofía es indispensable al hombre, está en todo tiempo ahí, públicamente, en los refranes tradicionales, en los apotegmas filosóficos corrientes, en las convicciones dominantes (…) No hay manera de escapar a la filosofía. La cuestión es sólo si será consciente o no, si será buena o mala, confusa o clara. Quien rechaza la filosofía, profesa también una filosofía, pero sin ser consciente de ella”.

Como ya indicamos, al filósofo asesor no le interesa sólo lo que el asesorado dice pensar, es decir, las ideas que exhibe, sino, sobre todo, lo que “piensa en acción”, su filosofía operativa, la que encarna en su vida cotidiana: la que se refleja en sus actitudes y conductas, en sus reacciones emocionales, en sus conflictos, etc. Podemos decir que sostenemos una determinada escala de valores, y estar manifestando con nuestros hechos otra bien distinta. Podemos afirmar que nuestra meta vital es una, y ser de otra índole lo que cotidianamente nos moviliza y nos dota de energía. Uno de los objetivos del diálogo filosófico es precisamente el de acabar con esta escisión, el de favorecer que lo que pensamos, decimos y vivimos se constituya como un todo cada vez más coherente y unitario.

Nuestras filosofías de vida, las que pensamos y las que vivimos, son con frecuencia precarias: no son unitarias ni internamente coherentes, y muchos de los supuestos y valores que las constituyen no han sido asumidos a través de un proceso activo de reflexión, sino que han sido incorporados irreflexiva o inadvertidamente. A través del diálogo filosófico el filósofo ayuda al consultante a tomar conciencia de los supuestos abstractos que están en el trasfondo de las situaciones concretas que plantea. Le invita a reflexionar sobre su visión del mundo o sobre algún aspecto de la misma, a detectar los presupuestos sobre los que se funda, a verificar su coherencia: si hay ideas acríticamente asumidas, inconsistencias, puntos ciegos, contradicciones entre sus creencias o entre éstas y sus objetivos, valores en conflicto, deducciones mal realizadas que conducen a conclusiones precipitadas, etc. A través de esta toma de conciencia, el asesorado adquiere libertad para sostener o no ciertas ideas, para madurarlas o modificarlas. Siente reforzada su capacidad de pensamiento crítico, la que le permite deshacerse de aquellos supuestos insatisfactorios o estereotipados a los que no ha llegado por sí mismo y que actúan como una fuente de conflicto y de pérdida de libertad en su vida cotidiana. Esta revisión crítica le enseña, en definitiva, a ser libre, a dejar de ser víctima pasiva de sus hábitos automáticos de pensamiento para tomar lúcida y creativamente las riendas de su existencia.

La orientación filosófica ofrece un espacio seguro en el que llevar a cabo de forma consciente y detenida lo que ya hacemos ordinariamente, muchas veces de forma precipitada o automática: interpretar nuestra experiencia. Favorece que transformemos nuestras filosofías irreflexivas y, por ello, deficientes, que nos roban libertad y autenticidad, en filosofías maduras y coherentes, que vayan a favor de lo mejor de nosotros mismos y que promuevan el goce productivo de la vida.