MÓNICA CAVALLÉ | Filosofía sapiencial
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Filosofía sapiencial

Kashf (Revelación). Carmen Redondo

“El lugar arquetípico de la sabiduría, en buena medida silenciado en nuestra civilización, es precisamente aquel que aúna, de forma indisociable, conocimiento, experiencia directa, transformación personal y liberación interior. El que evidencia que no hay verdadera filosofía sin ‘despertar’: sin una modificación profunda de nuestro ser que es el preámbulo de la visión interior; que el compromiso con la verdad pasa por el compromiso con la propia veracidad, y que, cuando no es así, el conocimiento filosófico no sólo es estéril, sino falaz: un mero mecanismo de auto-justificación; que el saber más profundo no es el que versa sobre la realidad, sino el que consiste en la experiencia de comulgar con ella; y el que evidencia, por último, que esta experiencia es solo posible a través de la comprensión de nosotros mismos, ahondando en las raíces de nuestra identidad.” (Mónica Cavallé: La sabiduría recobrada)

El verdadero ideal del filósofo. Desde hace mucho tiempo, una Idea latente de la filosofía ha estado presente entre los seres humanos. Pero no la han comprendido, o la han considerado una mera contribución a la erudición. Si acudimos a los antiguos filósofos griegos, como Epicuro, Zenón, Sócrates, etcétera, descubrimos que el objeto final de su ciencia fue el destino del ser humano y los medios para alcanzarlo. Se mantuvieron, pues, mucho más fieles a la verdadera Idea del filósofo que lo que ha sucedido en los tiempos modernos, en los que hallamos al filósofo solo como un ‘técnico de la razón’.” (Immanuel Kant: Vorlesungen über die philosophische Encyclopädie)

Textos extraídos de La filosofía, maestra de vida (M. Cavallé)

Maestros de vida

“Es preferible un solo maestro de vida frente a mil maestros de la palabra.” (Maestro Eckhart)

La representación más generalizada de la filosofía —la que la hace equivaler a un saber eminentemente especulativo, de dudoso impacto transformador en nuestra vida cotidiana y que esgrime un lenguaje solo apto para especialistas— nos habla de cierta deriva de esta disciplina en nuestro entorno cultural, pero oculta el significado originario del término “filosofía”, la naturaleza de esta actividad en los inicios de nuestra civilización.

El término “filosofía” es de origen griego (philosophia) y significa “amor” o “disposición a consagrarse a” (philo) la “sabiduría” (sophia). La palabra filosofía expresaba, inicialmente, el hecho de amar la sabiduría, la adhesión activa a ella y la disposición requerida para adquirirla. A su vez, la sabiduría no se entendía como un saber meramente teórico, sino como un saber práctico, vital e integral, que incumbía al ser humano en su totalidad. Sabio (sophos) era el que se esforzaba por comprender la verdadera naturaleza de las cosas, por ver el mundo tal como es, y el que vivía en armonía con esa visión, es decir, en conformidad con la realidad. Se consideraba que esta vida respetuosa con la realidad era la que satisfacía las necesidades más profundas del ser humano, la que favorecía la expresión de sus mejores posibilidades (la capacidad de pensamiento autónomo, el conocimiento de nosotros mismos y de nuestro lugar en el mundo, la libertad interior, la serenidad, el amor desinteresado…) y, por lo tanto, la que le permitía alcanzar la forma más elevada y estable de felicidad a la que podía tener acceso.

La filosofía era, para los antiguos, la consecución activa de la sabiduría así entendida; en otras palabras, no era solo el esfuerzo crítico por avanzar en dirección a un conocimiento cada vez más radical y totalizante de la realidad, sino también, e indisociablemente, arte de vivir y ciencia de la vida.

“Los filósofos —afirmaban los pitagóricos— son responsables de nuestro buen vivir y pensar”. “¿Qué medida o estándar más preciso de la buena vida tenemos que el sabio?”, se preguntaba Aristóteles. O en palabras del filósofo romano del siglo I, Musonio Rufo: “El filósofo ha hecho un arte de saber qué proporciona a los seres humanos la felicidad o la infelicidad”.

Filosofía sapiencial o la “ciencia de la vida”

Hasta tal punto la concepción más generalizada de la filosofía ha reducido el alcance de lo que esta significó en sus inicios, que cabe distinguir dos formas de entender la actividad filosófica que, aun compartiendo un mismo nombre, han tenido espíritus y talantes cualitativamente diferentes:

Cierta tradición de filosofía se ha concebido a sí misma como una actividad eminentemente teórica o especulativa. Parte del supuesto implícito de que el filósofo no necesita transformarse a sí mismo para acceder al conocimiento filosófico. La otra empresa filosófica —que denomino, para distinguirla de la anterior, filosofía sapiencial— se ha entendido, en cambio, como una actividad en la que lo decisivo no es el discurso filosófico o la arquitectura conceptual en sí, sino el estado de conciencia que el filósofo encarna y propone; en la que ambas dimensiones —pensamiento y vida, conocer y ser— son indisociables.

Es la filosofía sapiencial, la filosofía concebida como ciencia de la vida, la que nos puede dar una idea aproximada de lo que fue originariamente la filosofía en Occidente. La filosofía era entonces “sapiencial” pues orbitaba en torno al ideal de la sabiduría.

Desde nuestra perspectiva contemporánea, y debido al concepto de filosofía que ha llegado hasta nosotros, con frecuencia pasamos por alto que los filósofos de la antigüedad no eran profesores de filosofía ni profesionales del pensamiento. Las enseñanzas de Heráclito, Parménides, Pitágoras, Platón o Sócrates, las de los pensadores estoicos, cínicos, epicúreos, escépticos, neoplatónicos, etcétera, no eran meras teorías especulativas sobre la naturaleza última de la realidad; eran, indisociablemente, prácticas orientadas a la realización operativa de las posibilidades latentes en las estructuras profundas de todo ser humano, caminos de plenitud y de liberación interior. Los grandes filósofos de la antigüedad no se limitaban a elaborar y postular sistemas teóricos, sino que, ante todo, encarnaban en ellos mismos todo un modelo de vida e invitaban a los aspirantes a filósofos, a los amantes de la sabiduría, a adentrarse en una iniciación vital tras la cual no serían los mismos ni verían el mundo del mismo modo. Entendían que solo podía penetrar bajo la superficie de las cosas y vislumbrar las claves de la existencia quien había accedido a cierto estado de ser, quien se desenvolvía en un determinado nivel de conciencia. No se consideraba genuino filósofo aquel que se dedicaba a elucubrar teorías o hipótesis más o menos plausibles en torno a las cuestiones últimas, careciendo de un compromiso activo con su propio autoconocimiento. Eran la autenticidad y hondura del ser del filósofo las que garantizaban la profundidad de su visión.

“El criterio decisivo que permite identificar en el mundo greco-romano al que dice la verdad, al filósofo, no se encuentra en su nacimiento ni en su ciudadanía ni en su competencia intelectual, sino en la armonía que existe entre su discurso y su vida.” (M. Foucault)

Esta relación indisociable entre pensamiento y vida, conocimiento y transformación, era concebida por los filósofos de la antigüedad como una relación reversible. Consideraban que solo la persona íntegra, veraz, comprometida con su propia transformación profunda, puede alcanzar una mirada objetiva y penetrante y, por consiguiente, acceder a un conocimiento profundo de la realidad; que solo quien es veraz puede ser amigo de la verdad. Y consideraban, igualmente, que la filosofía no solo exige virtud, sino que es también la fuente de la virtud; que el conocimiento profundo de la realidad, en la medida en que disipa nuestra ignorancia existencial, es un saber operativo, que produce cambios radicales en nuestra vida, que nos transforma y nos libera.

La filosofía como “terapia del alma”

Es precisamente esta dimensión liberadora del conocimiento filosófico la que explica por qué con tanta frecuencia la filosofía antigua se presentaba a sí misma como una terapia, en concreto, como una terapia del alma. En efecto, la comparación entre la filosofía y la terapéutica médica era muy habitual en la antigüedad, muy en particular entre las escuelas de Grecia y Roma de los períodos helenístico e imperial. Estas afirmaban que la filosofía operaba de un modo análogo a la ciencia médica pues también sanaba las enfermedades humanas, en concreto, aquellas producidas por la ignorancia, por nuestras erradas concepciones sobre nosotros mismos y sobre la realidad. Al igual que los remedios del médico se destinaban al cuerpo, los argumentos de la filosofía se dirigían al alma. Ambos tenían la capacidad de sanar y habían de ser evaluados por su capacidad o no de hacerlo.

Para Fedón, discípulo de Sócrates, la filosofía es el garante de la salud del alma y el camino hacia la verdadera libertad. “Verdaderamente —sostenía el filósofo académico Cicerón— la filosofía es la medicina del alma”. Los filósofos escépticos afirmaban que su filosofía actuaba sobre la mente como un purgante: eliminaba de ella los dogmas y proporcionaba, de este modo, tranquilidad de ánimo. Según el estoico Aristón de Quios: “Ninguna diferencia hay entre la locura de la multitud y la que es tratada por los médicos, salvo que esta se padece por enfermedad y aquella por falsas opiniones”. “Vana es la palabra de aquel filósofo que no es capaz de sanar algún sufrimiento humano”, afirmaba Epicuro, fundador de la escuela epicúrea, y, antes que él, los filósofos pitagóricos; y continuaba: “Pues así como ningún beneficio hay de la medicina que no expulsa las enfermedades del cuerpo, tampoco lo hay de la filosofía si no expulsa las enfermedades del alma”. Galeno escribió un “Diagnóstico y cura de las pasiones del alma”, Crisipo, una “Terapéutica de las pasiones”, y Epicteto comparaba su escuela de filosofía con un hospital. Séneca sostenía que, sin filosofía, el alma enferma y comparaba sus escritos con útiles recetas de medicina cuya eficacia había experimentado sobre sus propias heridas.

La vocación universal de la filosofía

Para la filosofía antigua, la superación del sufrimiento evitable y el logro de la tranquilidad del alma eran tareas específicamente filosóficas. Es evidente que estas tareas no sólo incumben a una élite intelectual; conciernen, en lo más profundo, a todo ser humano. Esto nos pone en conexión con un hecho que conviene reseñar: la filosofía sapiencial, a diferencia de la filosofía académica, ha tenido un talante y una vocación claramente universales.

Esta vocación universal de la filosofía se manifestó en el mundo antiguo de Occidente con especial fuerza en la figura de Sócrates y en escuelas filosóficas como el estoicismo, el epicureismo, el escepticismo o la escuela cínica. Precisamente porque sostenían con especial énfasis que lo decisivo de la actividad filosófica era cierto modo de ser y de obrar, las escuelas señaladas se constituyeron como auténticos movimientos filosóficos populares. Argumentaban que si el objetivo de la filosofía era llegar a ser seres humanos en plenitud e interiormente libres, esto era derecho y competencia de todo ser humano, sea cual fuera su género y su condición personal, económica y social, y no solo de los ciudadanos varones que disponían de dinero y de tiempo de ocio y que, además, tenían habilidad para las sutilezas y los despliegues dialécticos.

En palabras del estoico Musonio Rufo:

“Todos, no uno sí y otro no, por naturaleza nacemos de tal modo que podemos vivir hermosamente y sin errores. [...] Ahora bien, en el cuidado de los enfermos, nadie considera que esté libre de errores ningún otro sino el médico; y en el manejo de la lira, ningún otro sino el músico, y en el manejo del timón, ningún otro sino el timonel. Pero en la vida no se considera que el único que deba estar libre de errores sea el filósofo, que parece que es el único que se ocupa de la virtud, sino todos por igual, incluso los que nunca han tenido ninguna preocupación en este sentido. Es evidente que la razón de esto no es ninguna otra sino que el ser humano ha nacido para la virtud.”

Olvido de la filosofía sapiencial en Occidente

¿Por qué se produjo en Occidente el cambio descrito en el modo de entender la filosofía? ¿Por qué la filosofía abandonó, en gran medida, lo que había sido su intrínseca dimensión transformadora y liberadora?

Si bien ya en el mundo antiguo (especialmente a partir del siglo I) encontramos algunos elementos en los que se adivinan rasgos característicos de lo que habría de ser la tradición de filosofía eminentemente especulativa, hay que remitir el surgimiento de esta última a los inicios de la Edad Media. A partir de entonces, la filosofía sapiencial fue siendo progresivamente desplazada y eclipsada en Occidente por esta otra concepción de la actividad filosófica —un desplazamiento que, por cierto, nunca ha acaecido en las grandes culturas orientales, donde la filosofía sapiencial siempre ha tenido un máximo protagonismo—.

Este proceso se vio reforzado con el nacimiento de las universidades (en el paso del siglo XII al siglo XIII). Como ha hecho ver Pierre Hadot, a partir de ese momento la filosofía quedará circunscrita, en gran medida, a los entornos universitarios. La figura del filósofo que encarnaba un estilo de vida y cuya condición de filósofo no se la otorgaba nadie, pues irradiaba de su propia persona, de su autoridad intrínseca, será sustituida por la del profesor de filosofía, por el profesional o especialista que, mediante la transmisión de un lenguaje técnico especializado, legitimaba a otros filósofos-profesionales, concediéndoles un título, el de “filósofo”, en base a la posesión de cierto conocimiento cuantificable (el tipo de conocimiento erudito que se “tiene”, pero que no necesariamente se “es”). La filosofía como saber y arte encarnados en la figura del filósofo daba paso así a una filosofía entendida de forma eminentemente erudita y técnica. Por otra parte, el filósofo, al quedar inserto en el marco de una institución oficial, adquiría nuevas servidumbres y perdía buena parte de la libertad y de la espontaneidad que había tenido en el mundo antiguo, donde su espacio eran las calles, las plazas, las escuelas que él mismo fundaba o a las que, por afinidad, elegía pertenecer.

Este y otros factores fueron contribuyendo a que buena parte de la actividad filosófica incurriera, de este modo, en uno de los peligros del que las escuelas filosóficas de la antigüedad habían prevenido a los aspirantes a filósofos: el de satisfacerse en el discurso intelectual, considerándolo un fin en sí mismo; el peligro de que, en palabras de Séneca, se hiciera del amor a la sabiduría (philosophia) un amor a las palabras (philologia). Muchos de los consejos de los primeros filósofos se orientaban, precisamente, a evitar esta degeneración de la esencia de la actividad filosófica. El emperador romano y filósofo Marco Aurelio aconsejaba: “Deja de hablar acerca de cómo debe ser la persona buena y sencillamente sé esa persona”. Epicteto, a su vez, proponía esta ilustrativa metáfora a aquellos discípulos que gustaban de ostentar sus conocimientos teóricos:

“Porque las ovejas no muestran a los pastores cuánto han comido trayéndoles el forraje, sino digiriendo en su interior el pasto y produciendo luego lana y leche. Así que tampoco hagas tú ostentación de los principios teóricos ante los profanos, sino de las obras que proceden de ellos una vez digeridos.”

Y advertía:

“Cuando alguien presume de poder entender y explicar los libros de Crisipo, di para tus adentros: ‘Si no fuera porque Crisipo escribió de modo poco claro, este no tendría de qué presumir’ [...] Y si admiras la propia explicación, ¿qué otra cosa has resultado ser, sino filólogo en vez de filósofo?”

En la antigüedad, quienes se autoproclamaban filósofos pero no reflejaban su pensamiento en su vida ni su vida en su pensamiento eran denominados “sofistas” por los genuinos filósofos. También en la actualidad, una nueva sofística confunde al filósofo con el profesor de filosofía, y la enseñanza de la filosofía con la instrucción en historia del pensamiento.

Pero si bien la evolución que ha sufrido el concepto de filosofía ha desdibujado su significado originario, este último no ha desaparecido del todo. En Occidente, son muchos los filósofos que, desde fines de la antigüedad hasta al presente, han permanecido fieles al mismo y lo han reivindicado (por ejemplo, Spinoza, Kant, Schopenhauer, R.W. Emerson, Kierkegaard, Nietzsche, H. Bergson, Wittgenstein, Heidegger, Simone Weil, etcétera). Son muchos los que nos han recordado que el ejercicio de la filosofía no compromete solo nuestras capacidades intelectuales, sino la totalidad de nuestro ser.

“Quien quiera de verdad filosofar ha de renunciar a toda esperanza, a todo deseo, a toda exigencia; no debe querer nada ni saber nada; ha de sentirse desnudo y pobre, y debe entregarlo todo para ganarlo todo.” (Schelling)

La sabiduría hoy

La filosofía y la religión han sido en Occidente los principales referentes de los “saberes últimos”, esto es, con pretensión de radicalidad. Hoy en día, ambas empresas están en crisis, lo cual es muy significativo pues nos habla de una falla estructural en nuestra civilización: está en crisis lo que ha pretendido estructurar en ella las inquietudes y aspiraciones ultimas del ser humano.

En efecto, la modernidad cuestionó en Occidente a la religión oficial, y la postmodernidad a la filosofía como empresa racional. Esto tiene un claro reflejo en cómo las funciones tradicionales de la filosofía y de la religión pierden peso progresivamente y son sustituidas por nuevos sistemas explicativos y nuevos sistemas de valores. Quizá actualmente la ciencia constituya el sistema explicativo de la realidad más convincente y satisfactorio para la mayoría (científicos, e incluso divulgadores científicos, asumen con naturalidad el papel de nuevos filósofos), y quizá el sistema de valores más atractivo a gran escala sea el que proporciona la sociedad de consumo. Pero la ciencia deja a un lado la dimensión cualitativa y significativa de la vida y de nuestra propia interioridad, la única que puede dotarlas de sentido. Y la lucha individualista por el dinero y los símbolos externos de éxito, a la que se han llegado a subordinar como monedas de cambio la honestidad, la veracidad y la justicia, van dejando en el alma individual y social el paisaje yermo del aislamiento y de la separatividad, de la inautenticidad individual e interpersonal, de la superficialidad descorazonadora, de la pérdida de contacto con el suelo nutricio de nuestro propio fondo y, a través de él, con la totalidad de la vida.

En este clima, y en aquellos cuya sensibilidad sigue estando abierta a las mociones de lo esencial, aflora hoy en día con inusitada fuerza el interés por las tradiciones sapienciales; un hecho que confluye con otro sin precedentes: tenemos por primera vez en la historia, a nuestra absoluta disposición, el ingente bagaje de sabiduría de la humanidad.

El interés creciente por las tradiciones sapienciales busca llenar el vacío espiritual y filosófico que en nuestra cultura es causa de desorientación, malestar y sufrimiento epidémicos; un vacío que ya no quiere ser llenado de forma dogmática, sino crítica (acudiendo a más de dos mil quinientos años de reflexión filosófica), pero asimismo práctica y experiencial (por lo que se reclama que esa filosofía sea, además, sabiduría).