MÓNICA CAVALLÉ | Filosofía sapiencial
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Filosofía sapiencial

“El lugar arquetípico de la sabiduría, en buena medida silenciado en nuestra civilización, es precisamente aquel que aúna, de forma indisociable, conocimiento, experiencia directa, transformación personal y liberación interior. El que evidencia que no hay verdadera filosofía sin “despertar”: sin una modificación profunda de nuestro ser que es el preámbulo de la visión interior; que el compromiso con la verdad pasa por el compromiso con la propia veracidad, y que, cuando no es así, el conocimiento filosófico no sólo es estéril, sino falaz: un mero mecanismo de auto-justificación; que el saber más profundo no es el que versa sobre la realidad, sino el que consiste en la experiencia de comulgar con ella; y el que evidencia, por último, que esta experiencia es solo posible a través de la comprensión de nosotros mismos, ahondando en las raíces de nuestra identidad.” (Mónica Cavallé: La sabiduría recobrada)

 

El verdadero ideal del filósofoDesde hace mucho tiempo, una Idea latente de la filosofía ha estado presente entre los hombres. Pero no la han comprendido, o la han considerado una mera contribución a la erudición. Si acudimos a los antiguos filósofos griegos, como Epicuro, Zenón, Sócrates, etcétera, descubrimos que el objeto final de su ciencia fue el destino del ser humano y los medios para alcanzarlo. Se mantuvieron, pues, mucho más fieles a la verdadera Idea del filósofo que lo que ha sucedido en los tiempos modernos, en los que hallamos al filósofo solo como un ‘técnico de la razón’.” (Immanuel Kant: Vorlesungen über die philosophische Encyclopädie)

Textos extraídos de La filosofía, maestra de vida (M. Cavallé)

Maestros de vida

“Es preferible un solo maestro de vida frente a mil maestros de la palabra.” (Maestro Eckhart)

La representación más generalizada de la filosofía —la que la hace equivaler a un saber eminentemente especulativo, de dudoso impacto transformador en nuestra vida cotidiana y que esgrime un lenguaje solo apto para especialistas— nos habla de cierta deriva de esta disciplina en nuestro entorno cultural, pero oculta el significado originario del término “filosofía”, la naturaleza de esta actividad en los inicios de nuestra civilización. El término “filosofía” es de origen griego (philosophia) y significa “amor” o “disposición a consagrarse a” (philo) la “sabiduría” (sophia). La palabra filosofía expresaba, inicialmente, el hecho de amar la sabiduría, la adhesión activa a ella y la disposición requerida para adquirirla. A su vez, por sabiduría se entendía no la mera especulación o investigación racional, sino también, y eminentemente, un saber contemplativo, operativo, vital e integral, que incumbía al ser humano en su totalidad. Sabiduría era tanto la visión justa de la realidad de las cosas como la encarnación del modo de ser y de vivir que se correspondía con dicha visión. Sabio (sophos) era el que se esforzaba por ver el mundo de forma desinteresada y objetiva, y el que vivía en armonía con esa visión. Se consideraba que esta vida respetuosa con la realidad era la que satisfacía las necesidades más profundas del ser humano, la que favorecía la expresión óptima de su potencial, de sus posibilidades más específicamente humanas y, por lo tanto, la que le permitía alcanzar la forma más elevada y estable de felicidad a la que podía tener acceso. La filosofía era, para los antiguos, la consecución activa de la sabiduría así entendida; en otras palabras, no era solo el esfuerzo crítico por avanzar en dirección a un conocimiento cada vez más radical y totalizante de la realidad, sino también, e indisociablemente, arte de vivir y ciencia de la vida.

“Los filósofos —afirmaban los pitagóricos— son responsables de nuestro buen vivir y pensar”. “¿Qué medida o estándar más preciso de la buena vida tenemos que el sabio?”, se preguntaba Aristóteles. O en palabras del filósofo romano del siglo I, Musonio Rufo: “El filósofo ha hecho un arte de saber qué proporciona a los hombres la felicidad o la infelicidad”.

Filosofía sapiencial o la “ciencia de la vida”

Hasta tal punto la concepción más generalizada de la filosofía ha reducido el alcance de lo que esta significó en sus inicios, que he considerado conveniente distinguir dos formas de entender la actividad filosófica que, aun compartiendo un mismo nombre, han tenido espíritus y talantes cualitativamente diferentes:

Cierta tradición de filosofía se ha concebido a sí misma como una actividad eminentemente teórica; parte del supuesto de que el filósofo no necesita transformarse a sí mismo para acceder al conocimiento filosófico. La otra empresa filosófica —que denomino, para distinguirla de la anterior, filosofía sapiencial— se ha entendido, en cambio, como una actividad en la que lo decisivo no es el discurso filosófico o la arquitectura conceptual en sí, sino, ante todo, la visión y el estado de ser que el filósofo encarna y propone; en la que ambas dimensiones —pensamiento y vida, conocer y ser— son indisociables.

Es la filosofía sapiencial, la filosofía concebida como ciencia de la vida, la que nos puede dar una idea más aproximada de lo que fue en sus inicios la filosofía en Occidente. La filosofía era entonces “sapiencial” pues orbitaba en torno al ideal de la sabiduría. Filósofo (philosophos), a su vez, era el que aspiraba a encarnar en lo posible el modelo de la naturaleza humana representado por el ideal del sabio —el arquetipo del ser humano respetuoso con la realidad, autorrealizado y libre—; era, por lo tanto, el legítimo maestro en el arte de vivir.

Desde nuestra perspectiva contemporánea, y debido al concepto de filosofía que ha llegado hasta nosotros, con frecuencia pasamos por alto que los filósofos de la antigüedad no eran profesores de filosofía ni profesionales del pensamiento. Las enseñanzas de Heráclito, Parménides, Pitágoras, Platón o Sócrates, las de los pensadores estoicos, cínicos, epicúreos, escépticos, neoplatónicos, etcétera, no eran meras teorías especulativas sobre la naturaleza última de la realidad; eran, indisociablemente, prácticas orientadas a la realización operativa de las posibilidades latentes en la estructura profunda de todo ser humano, caminos de plenitud y de liberación interior. Los grandes filósofos de la antigüedad no se limitaban a elaborar y postular sistemas teóricos, sino que, ante todo, encarnaban en ellos mismos todo un modelo de vida e invitaban a los aspirantes a filósofos, a los amantes de la sabiduría, a adentrarse en una iniciación vital tras la cual no serían los mismos ni verían el mundo del mismo modo. Entendían que solo podía penetrar bajo la superficie de las cosas y vislumbrar las claves de la existencia quien había accedido a cierto estado de ser, quien se desenvolvía en un determinado nivel de conciencia. No se consideraba genuino filósofo aquel que se dedicaba a elucubrar teorías o hipótesis más o menos plausibles en torno a las cuestiones últimas, careciendo de un compromiso activo con su propio autoconocimiento. Eran la autenticidad y hondura del ser del filósofo las que garantizaban la profundidad de su visión.

Lo que venimos diciendo explica por qué en la antigüedad el filósofo era el prototipo de ser humano virtuoso —de un modo análogo a como en Oriente se ha considerado sabio al ser humano interiormente liberado—. Es importante advertir que el término “virtud” no tenía entonces el sentido escuetamente moral que ha llegado a tener para nosotros (y que suele equivaler a comportarse de una determinada manera, generalmente, de una manera socialmente aceptable). De hecho, los filósofos de la antigüedad suponían un reto a las convenciones sociales, y de aquí que con tanta frecuencia tuvieran problemas con el poder instituido. Virtuoso era aquel que estaba en contacto con su propia virtus, es decir, con su potencia. Virtud era la potestad que tenía un individuo para expresar con fluidez y permitir la eclosión de sus potencialidades más elevadas. El filósofo era virtuoso porque era aquel que aspiraba a aproximarse al modelo de la naturaleza humana, es decir, el que aspiraba a encarnar sus mejores posibilidades: la lucidez, la objetividad, el respeto por la realidad, el conocimiento de sí mismo, la libertad interior, la conciencia universal, el amor desinteresado, el gozo estable y sereno… Sócrates, quien desde la antigüedad hasta nuestros días ha sido considerado el modelo de filósofo por excelencia, afirmaba que para el logro de la felicidad bastan la sabiduría y la virtud, y que estas son indisociables: no hay sabiduría sin virtud, ni virtud sin sabiduría. Sostenía, a su vez, que ambas exigen lo que él denominaba “cuidado de sí” o “cuidado del yo” (epimeleia heautou). Consideraba que este compromiso sostenido con el conocimiento y el cuidado de uno mismo era posible en virtud de un estado de máxima vigilancia y atención de sí que permite retornar al verdadero yo, adoptar una perspectiva lo más objetiva y universal posible y trascender las ofuscaciones y condicionamientos cotidianos.

“El criterio decisivo que permite identificar en el mundo greco-romano al que dice la verdad, al filósofo, no se encuentra en su nacimiento, ni en su ciudadanía, ni en su competencia intelectual, sino en la armonía que existe entre su discurso y su vida.” (M. Foucault)

Esta relación indisociable entre pensamiento y vida, conocimiento y transformación, era concebida por los filósofos de la antigüedad, por tanto, como una relación reversible. Consideraban que solo la persona íntegra, veraz, comprometida con su propia transformación profunda, puede alcanzar una mirada objetiva y penetrante y, por consiguiente, acceder a un conocimiento profundo de la realidad; que solo quien es veraz puede ser amigo de la verdad. Y consideraban, igualmente, que la filosofía no solo exige virtud, sino que es también la fuente de la virtud; que el conocimiento profundo de la realidad, en la medida en que disipa nuestra ignorancia (que concebían no como una ignorancia libresca sino existencial), es un saber operativo, que produce cambios radicales en nuestra vida, que nos transforma y nos libera.

La filosofía como “terapia del alma”

Es precisamente esta dimensión liberadora del conocimiento filosófico la que explica por qué con tanta frecuencia la filosofía antigua se presentaba a sí misma como una terapia, en concreto, como una terapia del alma. La comparación entre la filosofía y la terapéutica médica era muy habitual en la antigüedad, muy en particular, entre las escuelas de Grecia y Roma de los períodos helenístico e imperial. Estas afirmaban que la filosofía operaba de un modo análogo a la ciencia médica pues también sanaba las enfermedades humanas, en concreto, aquellas producidas por la ignorancia, por las falsas creencias. Al igual que los remedios del médico se destinaban al cuerpo, los argumentos de la filosofía se dirigían al alma. Ambos tenían la capacidad de sanar y habían de ser evaluados por su capacidad o no de hacerlo.

Para Fedón, discípulo de Sócrates, la filosofía es el garante de la salud del alma y el camino hacia la verdadera libertad. “Verdaderamente —sostenía el filósofo académico Cicerón— la filosofía es la medicina del alma”. Los filósofos escépticos afirmaban que su filosofía actuaba sobre la mente como un purgante: eliminaba de ella los dogmas y proporcionaba, de este modo, tranquilidad de ánimo. Según el estoico Aristón de Quios: “Ninguna diferencia hay entre la locura de la multitud y la que es tratada por los médicos, a no ser que esta se padece por enfermedad, aquella por falsas opiniones”. “Vana es la palabra de aquel filósofo que no es capaz de sanar algún sufrimiento humano” afirmaba Epicuro, fundador de la escuela epicúrea, y antes que él, los filósofos pitagóricos; y continuaba: “Pues así como ningún beneficio hay de la medicina que no expulsa las enfermedades del cuerpo, tampoco lo hay de la filosofía, si no expulsa las enfermedades del alma”. Galeno escribió un “Diagnóstico y cura de las pasiones del alma”, Crisipo, una “Terapéutica de las pasiones”, y Epicteto comparaba su escuela de filosofía con un hospital. Séneca sostenía que, sin filosofía, el alma enferma, y comparaba sus escritos con útiles recetas de medicina cuya eficacia había experimentado sobre sus propias heridas.

Buena parte de la filosofía antigua se concebía, por consiguiente, como una suerte de terapéutica de las distintas formas de sufrimiento, esclavitud interior y enajenación que ocasionan en el ser humano sus modos errados o inauténticos de percibir y de ser. Este talante de la filosofía antigua de Occidente es muy afín al de las grandes tradiciones orientales de filosofía sapiencial. Así, por ejemplo, un contemporáneo de Sócrates, Buda, en el otro extremo del mundo entonces conocido, concibió su filosofía como una terapéutica del sufrimiento humano que se sustentaba en cuatro principios, las denominadas “cuatro nobles verdades” del budismo, que cabría reformular así: 1) El ser humano sufre. 2) El sufrimiento tiene una causa. 3) Hay una vía que conduce a la liberación del sufrimiento. 4) Esta vía exige la adopción de un modo de vida, es decir, un cambio en nuestro modo de percibir y de ser.

En cierto modo, estos cuatro principios están latentes en toda filosofía sapiencial: todas ellas realizan un diagnóstico de la causa última del sufrimiento existencial evitable, y todas proponen una praxis conducente a su superación. Estas filosofías no entienden por sufrimiento todo tipo de dolor o esfuerzo, sino solo el sufrimiento psicológico innecesario que roba la libertad interior y la serenidad del alma. Parten del supuesto de que el sufrimiento humano así entendido tiene su raíz en la ignorancia. Sostienen, por tanto, que la liberación radical del sufrimiento evitable coincide con un despertar filosófico, con la apertura de la mirada interior que nos permite alcanzar una visión directa y clara de la naturaleza del sufrimiento y de la naturaleza del yo y de la realidad.

La vocación universal de la filosofía

Precisamente porque el conocimiento filosófico no equivalía, para la sabiduría antigua, a conocimiento libresco, sino al nacimiento a un nuevo modo de percibir y de ser, a una comprensión liberadora que se reconocía por sus frutos —la lucidez, el gozo sereno, la libertad interior y la erradicación del sufrimiento evitable—, muchas escuelas filosóficas tenían un talante y una vocación claramente universales. Pues es evidente que la tarea de llegar a ser seres humanos en plenitud e interiormente libres no solo incumbe a una élite intelectual; concierne, en lo más profundo, a todo ser humano. Esto nos pone en conexión con un hecho que conviene reseñar. Es verdad que, también en el seno de las tradiciones de filosofía sapiencial, solo unos pocos, los profundamente veraces, han llegado a saborear los mejores frutos de la vida filosófica; pero esta cuestión “de hecho” —que explica el carácter iniciático de algunas escuelas presentes en estas tradiciones, como el pitagorismo— no puede eclipsar la cuestión “de derecho” señalada: las tradiciones de filosofía sapiencial han sido conscientes de que su objetivo, la consecución de la máxima libertad, atañe a todo ser humano, y de que solo el propio individuo, y no otro tipo de factores extrínsecos, puede ponerse límites en esta tarea.

Esta vocación universal de la filosofía se manifestó en el mundo antiguo de Occidente con especial fuerza en la figura de Sócrates y en escuelas filosóficas como el estoicismo, el epicureismo, el escepticismo o la escuela cínica. En palabras del estoico Musonio Rufo:

“Todos, no uno sí y otro no, por naturaleza nacemos de tal modo que podemos vivir hermosamente y sin errores. [...] Ahora bien, en el cuidado de los enfermos, nadie considera que esté libre de errores ningún otro sino el médico; y en el manejo de la lira, ningún otro sino el músico, y en el manejo del timón, ningún otro sino el timonel. Pero en la vida no se considera que el único que deba estar libre de errores sea el filósofo, que parece que es el único que se ocupa de la virtud, sino todos por igual, incluso los que nunca han tenido ninguna preocupación en este sentido. Es evidente que la razón de esto no es ninguna otra sino que el ser humano ha nacido para la virtud.”

Este énfasis en la disposición interior es nítido en las siguientes palabras del filósofo romano Epicteto, con las que se dirigía a quienes creían haberse adentrado en la filosofía estoica simplemente porque conocían y podían repetir sus principios teóricos:

“Mostradme un estoico, si tenéis alguno. ¿Dónde o cómo? Pero que digan frasecitas estoicas, millares [...] Entonces, ¿quién es estoico? Igual que llamamos estatua fidíaca a la modelada según el arte de Fidias, así también mostradme uno modelado según las doctrinas de que habla. Mostradme uno enfermo y contento, en peligro y contento, muriendo y contento, exiliado y contento, desprestigiado y contento.”

Olvido de la filosofía sapiencial en Occidente

Si bien ya en el mundo antiguo (especialmente a partir del siglo I) encontramos algunos elementos en los que se adivinan rasgos característicos de lo que habría de ser la tradición de filosofía estrictamente académica, hay que remitir el surgimiento de esta última a los inicios de la Edad Media. A partir de entonces, la filosofía sapiencial fue siendo progresivamente desplazada y eclipsada en Occidente por esta otra concepción menos amplia de la actividad filosófica —un desplazamiento que, por cierto, nunca ha acaecido en las grandes culturas orientales, donde la filosofía sapiencial siempre ha tenido un máximo protagonismo—.

¿Por qué se produjo en Occidente este cambio en el modo de entender la filosofía? ¿Por qué la filosofía abandonó, en gran medida, lo que había sido su intrínseca dimensión terapéutica? Sería muy complejo rastrear todas las causas de esta transformación. Nombraremos solo dos factores que consideramos decisivos:

1) A medida que en los primeros siglos de nuestra era se desarrollaba y se instauraba el cristianismo (muy en particular a partir del siglo IV), este tenderá a monopolizar, al reclamar como propia, la dimensión que la filosofía antigua había tenido de camino de salvación interior. Este monopolio, que se consolidó a lo largo de la Edad Media, favoreció que la filosofía “profana” se viera despojada de su dimensión de arte de vida y quedara reducida a discurso intelectual. Desaparecía en gran medida, de este modo, la antigua sabiduría que aunaba teoría y práctica, saber y ser, ciencia y liberación, conocimiento y amor, comprensión y transformación, verdad objetiva y veracidad subjetiva.

2) Este proceso se vio reforzado con el nacimiento de las universidades (en el paso del siglo XII al siglo XIII). Como ha hecho ver Pierre Hadot, a partir de ese momento la filosofía quedará circunscrita, en gran medida, a los entornos universitarios. La figura del filósofo que encarnaba un estilo de vida y cuya condición de filósofo no se la otorgaba nadie, pues irradiaba de su propia persona, de su autoridad intrínseca, será sustituida por la del profesor de filosofía, por el profesional o especialista que, mediante la transmisión de un lenguaje técnico especializado, legitimaba a otros filósofos-profesionales, concediéndoles un título, el de “filósofo”, en base a la posesión de cierto conocimiento cuantificable (el tipo de conocimiento erudito que se “tiene”, pero que no necesariamente se “es”). La filosofía como saber y arte encarnados en la figura del filósofo daba paso así a una filosofía entendida de forma eminentemente erudita y técnica. Por otra parte, el filósofo, al quedar inserto en el marco de una institución oficial, adquiría nuevas servidumbres y perdía buena parte de la libertad y de la espontaneidad que había tenido en el mundo antiguo, donde su espacio eran las calles, las plazas, los gimnasios, los pórticos, las escuelas que él mismo fundaba o a las que, por afinidad, elegía pertenecer.

Estos factores, y muchos otros, fueron contribuyendo a que buena parte de la actividad filosófica incurriera, de este modo, en uno de los peligros del que las escuelas filosóficas de la antigüedad habían prevenido a los aspirantes a filósofos: el de satisfacerse en el discurso intelectual, considerándolo un fin en sí mismo; el peligro de que, en palabras de Séneca, se hiciera del amor a la sabiduría (philosophia) un amor a las palabras (philologia). Muchos de los consejos de los primeros filósofos se orientaban, precisamente, a evitar esta degeneración de la esencia de la actividad filosófica. El emperador romano y filósofo Marco Aurelio aconsejaba: “Deja de hablar acerca de cómo debe ser la persona buena y sencillamente sé esa persona”. Epicteto, a su vez, proponía esta ilustrativa metáfora a aquellos discípulos que gustaban de ostentar sus conocimientos teóricos:

“Porque las ovejas no muestran a los pastores cuánto han comido trayéndoles el forraje, sino digiriendo en su interior el pasto y produciendo luego lana y leche. Así que tampoco hagas tú ostentación de los principios teóricos ante los profanos, sino de las obras que proceden de ellos una vez digeridos”.

Y advertía:

“Cuando alguien presume de poder entender y explicar los libros de Crisipo, di para tus adentros: ‘Si no fuera porque Crisipo escribió de modo poco claro, este no tendría de qué presumir’ [...] Y si admiras la propia explicación, ¿qué otra cosa has resultado ser, sino gramático en vez de filósofo?”

En la antigüedad, quienes se auto-proclamaban filósofos pero no reflejaban su pensamiento en su vida ni su vida en su pensamiento, eran denominados “sofistas” por los genuinos filósofos. El sofista era el pseudo-filósofo, aquel que podía dar hábiles discursos sobre la justicia, el bien o la verdad, sin estar comprometido con ser él mismo justo y veraz. También en la actualidad, una “sofística” rediviva confunde al filósofo con el profesor de filosofía, y la enseñanza de la filosofía con la instrucción en historia del pensamiento.

Pero, si bien la evolución que ha sufrido el concepto de filosofía ha desdibujado su significado originario, este último nunca ha desaparecido. En Occidente, son muchos los filósofos que, desde fines de la antigüedad hasta al presente, han permanecido fieles al mismo y lo han reivindicado —por ejemplo, Spinoza, Kant, Schopenhauer, R.W. Emerson, Kierkegaard, Nietzsche, H. Bergson, Wittgenstein, Heidegger o Simone Weil—. Son muchos los que nos han recordado que el ejercicio de la filosofía no compromete solo nuestras capacidades intelectuales, sino la totalidad de nuestro ser.

“Quien quiera de verdad filosofar ha de renunciar a toda esperanza, a todo deseo, a toda exigencia; no debe querer nada, ni saber nada, ha de sentirse desnudo y pobre, y debe entregarlo todo para ganarlo todo. No es cosa fácil: es penoso separarse, por así decir, de la última orilla.” (Schelling)

Prueba, además, de que dicho concepto aún sigue vivo es su permanencia en algunos usos ordinarios del lenguaje, como cuando hablamos de “tomarse las cosas con filosofía”, es decir, de tener serenidad de ánimo y entereza ante las situaciones, o de la “filosofía de vida” de cada cual aludiendo al conjunto de ideas, valores, actitudes y talantes básicos que impregnan su existencia. En estas expresiones perdura el eco de un concepto de filosofía casi relegado, pero no totalmente desaparecido: el de la filosofía como una actividad íntimamente unida a nuestras vidas y actitudes cotidianas.

La sabiduría hoy

Hoy en día, la filosofía y la religión constituyen en Occidente el principal referente de los saberes últimos con pretensión de radicalidad. Aun así, se trata de saberes en crisis, lo cual es muy significativo y nos habla de una falla estructural en nuestra civilización: está en crisis nada menos que lo que ha pretendido estructurar en ella las aspiraciones de ultimidad.

La modernidad cuestionó en Occidente a la religión oficial, y la postmodernidad, a la filosofía como empresa racional. Esto tiene un claro reflejo en cómo las funciones tradicionales de la filosofía y de la religión pierden peso progresivamente y son sustituidas por nuevos sistemas explicativos y nuevos sistemas de valores. Quizá actualmente la ciencia constituya el sistema explicativo de la realidad más convincente y satisfactorio para la mayoría (científicos, e incluso divulgadores científicos, asumen con naturalidad el papel de nuevos filósofos), y quizá el sistema de valores más atractivo a gran escala sea el que proporciona la sociedad de consumo. Pero la ciencia deja a un lado la dimensión cualitativa y significativa de la vida y de nuestra propia interioridad, la única que puede dotarla de sentido. Y la lucha individualista por el dinero y los símbolos externos de éxito, a la que se han llegado a subordinar como monedas de cambio la honestidad, la veracidad y la justicia, van dejando en el alma individual y social el paisaje yermo del aislamiento y de la separatividad, de la inautenticidad individual e interpersonal, de la superficialidad descorazonadora, de la pérdida de contacto con el suelo nutricio de nuestro propio fondo y, a través de él, con la totalidad de la vida. En este clima, y en aquellos cuya sensibilidad aún no embotada sigue estando abierta a las mociones de lo esencial, aflora hoy en día con inusitada fuerza el interés por las tradiciones sapienciales, un hecho que confluye con otro sin precedentes: tenemos por primera vez en la historia a nuestra

absoluta disposición el ingente bagaje de sabiduría de la humanidad.

El interés creciente por las tradiciones sapienciales, por la filosofía entendida en su acepción originaria -no como una mera empresa teórica-, busca llenar el vacío espiritual y filosófico que en nuestra cultura es causa de desorientación, malestar y sufrimiento emocional epidémicos, un vacío que ya no quiere ser llenado de forma dogmática, sino crítica (acudiendo a más de 2500 años de reflexión filosófica), pero igualmente práctica y experiencial (por lo que se reclama que esa filosofía sea, además, sabiduría). Esta clara demanda social e individual confluye, además, con un aspecto central del momento actual: el relativismo contemporáneo y la crisis de los grandes sistemas ideológicos y de las tradiciones religiosas han propiciado que ya no haya sistemas de creencias, instituciones sociales o cosmovisiones incuestionables. El individuo medio carece de referencias indiscutibles sobre qué sea la realidad y, en general, de referentes sólidos en los que apoyarse. Pero muchos ya no quieren sucedáneos; ya no pueden dar marcha atrás para retornar al calor de una seguridad que ahora, con la nueva perspectiva lograda, resultaría ficticia. Y lo que las tradiciones sapienciales ofrecen no es un sistema de creencias más, ni más sistemas teóricos, sino la comprensión y el arraigo existencial que únicamente proporciona la experiencia viva del ser, el asentamiento en el propio fondo insobornable, algo que, para la mente ansiosa de seguridad, resulta muy parecido al vacío.

En efecto, son muchos los que, insatisfechos con la especulación filosófica sustentada en la opinión y disociada de la praxis cotidiana, con las respuestas de las religiones tradicionales, y con sus sustitutos banales, como la religión del consumo, no han caído en las garras del cinismo y aún mantienen una confianza inarticulada en el fondo misterioso de la vida, una confianza que no necesita descansar en creencias dogmáticas ni en construcciones teóricas siempre inciertas acerca de los porqués y los “paraqués”. Son estas personas las que están redescubriendo las intuiciones perennes de las grandes filosofías sapienciales.