“El amor dice: ‘Yo soy todo’. La sabiduría dice: ‘Yo soy nada’. Entre ambos fluye mi vida”. (Nisargadatta: Yo soy Eso)
La expresión “no dualidad” —traducción del término sánscrito advaita, que significa no-dos— es novedosa y relativamente desconocida tanto en el lenguaje común como en los ámbitos filosóficos occidentales. Pero la intuición a la que apunta, la de la no-dualidad de lo real, tiene un amplísimo alcance intercultural y constituye, de hecho, el eje central de numerosas tradiciones sapienciales, metafísicas y espirituales.
Encontramos esta intuición no-dual en el mundo índico (en el vedanta advaita, en el shaivismo de Cachemira, etc.), en el budismo (particularmente en el budismo mahayana, el budismo chan y zen, en el vajrayana y el dzogchen tibetanos), en el taoísmo metafísico, en el núcleo esotérico del islamismo (en el sufismo y la gnosis shiíta), en la cábala hebrea, etc. Dentro de tradición occidental, está latente en el pensamiento presocrático (Parménides, Heráclito), en las filosofías antiguas inspiradas en la noción heraclitana de Lógos, en el neoplatonismo (Plotino, Pseudo Dionisio Areopagita), en los desarrollos medievales y renacentistas del neoplatonismo (Juan Escoto Eriúgena, Nicolás de Cusa), en el hermetismo filosófico, en la mística especulativa (Meister Eckhart, Angelo Silesio, Jakob Böhme). También —aunque con matices— esta intuición puede ser una clave interpretativa de pensadores occidentales posteriores como, por ejemplo, Spinoza, Schelling, Schopenhauer, Emerson, Bergson, Simone Weil, Whitehead, Jaspers o Heidegger, entre otros. Con matices, porque en algunos de estos pensadores la no-dualidad no queda establecida con la misma radicalidad que en las enseñanzas no-dualistas por excelencia, y porque hay una diferencia decisiva entre algunas aproximaciones teóricas al no-dualismo y las sabidurías no-duales: estas últimas no pretenden erigirse como sistemas filosóficos con valor autónomo, sino como medios para expresar una experiencia interna y para despertarla en los demás.
La expresión no-dualidad alude a la intuición y a la constatación vivencial de que el fondo de la realidad es no-dual, es decir, de que no hay separación ni dualidad entre el fundamento de la realidad, lo absoluto, y el mundo o la realidad manifestada, ni entre lo absoluto y el fundamento del yo, como no la hay, en su última raíz, entre el percibidor y lo percibido, el sujeto y el objeto. Si bien en ningún caso los no-dualismos niegan que la dualidad sea la lógica propia del mundo relativo, consideran que la visión no-dual es la modalidad más profunda y radical de experimentar la realidad.
En un segundo sentido, la expresión no-dualidad apunta a su vez al hecho de que, si bien el mundo fenoménico es en un juego de opuestos indisociables (luz-oscuridad, bien-mal, unidad-multiplicidad, ser-no ser, yo-no yo, amor-odio…), el centro de la vida reconcilia todos los opuestos, sin tener opuesto a su vez: es Uno sin segundo.
Brahman, Conciencia pura, Budeidad, Vacuidad, Tao, Supradeidad, Ser, No-ser, Más allá del Ser y del No-ser… son denominaciones que, en las distintas tradiciones, han buscado apuntar a esta realidad fundamental. En las tradiciones no-dualistas en que se mantiene la palabra “Dios”, este término pasa a simbolizar la Base inmanente-trascendente de todo lo que es. Meister Eckhart hablará de “la divinidad más allá de Dios”: no es el Dios creador de las religiones, Ente supremo diverso esencialmente de la criatura y del yo humano, sino aquello que los unifica en su raíz y donde son uno y lo mismo.
Para estas enseñanzas lo apuntado no es una conclusión de especulación —cualquier articulación al respecto es una simbolización inadecuada y autocontradictoria—, sino de experiencia. Arraiga en la experiencia directa del fundamento de nuestra identidad como Ser y como Conciencia pura no objetivables, como Presencia despierta a sí misma, incondicionada, abierta, sin estructuras, en la que se supera la dualidad entre el percibidor y lo percibido, y donde se resuelve toda dualidad. No hay un yo autoclausurado enfrentado al mundo; el adentro es el afuera. Esta es, para estas tradiciones, el pináculo de la autorrealización, en el que se saborea una perfecta intimidad con la fuente y la totalidad de la vida.
La realidad, para nos lo no-dualismos, no es una (como afirman los panteísmos y monismos) ni dos (como afirman los trascendentalismos puros), sino no-dos: las diferencias y dualidades permanecen, no se niegan, no es todo una masa indistinta de lo mismo, pero arraigan y son sostenidas en una unidad fundamental. Monismos y dualismos objetivan al Ser, hacen de Éste una suerte de Ente Supremo (en un caso identificado con el mundo, en el otro totalmente separado de él). Para las tradiciones no-dualistas, este Ser objetivado es un ídolo, una representación mental.
Según Heidegger, el Ser ha muerto para la metafísica occidental porque ha sido objetivado. El paradigma epistemológico dualista, resultado de no trascender la mente pensante —que opera con dualidades irreductibles, como la dualidad sujeto-objeto, y que necesariamente objetiva al Ser— supone la muerte de la metafísica y la muerte de Dios. Pero el Ser no existe. Es. El fundamento de lo existente no puede ser algo existente. Todo lo que existe no es en sí, es en el Ser, del que obtiene su realidad. El Ser es Vacío que trae todo a la existencia y sostiene a los entes en la existencia. La unidad del Ser no es la unidad numérica o matemática que se predica del ente. La unidad de lo real es no-dos.
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