“La sencillez y la claridad distinguen el lenguaje del hombre de bien”. (Séneca)
“Di las cosas del modo más sencillo posible, pero no más”. (Albert Einstein)
Una de las habilidades imprescindibles en el filósofo asesor es la capacidad de traducir las intuiciones filosóficas al lenguaje cotidiano. Dentro de los entornos académicos, hay quienes temen —y no sin razón— que actividades como la orientación filosófica contribuyan a desvirtuar la reflexión filosófica al pretender hacerla accesible fuera de los circuitos académicos. Para algunos, si la filosofía abandona el lenguaje técnico que la ha llegado a caracterizar y busca ser directamente útil, automáticamente se adultera. Ya hemos aludido al aspecto transformador y operativo que era intrínseco a la noción originaria de filosofía. Con respecto a cuál ha de ser naturaleza del lenguaje filosófico, basta recordar que muchas de las obras de los grandes filósofos, y muy en particular de los filósofos de la antigüedad, fueron y siguen siendo obras accesibles. El lenguaje diáfano no desvirtúa la reflexión filosófica. La desvirtúa la superficialidad, la falta de autenticidad y de penetración, por más que ésta última se revista de una terminología compleja y de un aire afectado y grave. El lenguaje sencillo puede transmitir intuiciones profundas. A su vez, el lenguaje oscuro, pretendidamente grandilocuente y serio, es, con frecuencia, el refugio de los que no tienen nada que decir; o de los que tienen algo que decir pero, como lo han asimilado sólo superficialmente, no saben expresarlo de maneras diversas, adaptadas a las diferentes situaciones y personas, a lo que éstas en un momento dado necesitan y son capaces de asimilar.
El filósofo danés Kierkegaard, defensor de la mayéutica socrática, afirmaba que es deber del filósofo el esforzarse por encontrarse con su interlocutor precisamente en el punto donde éste se encuentra, para empezar a instruirle desde ahí:
“Este es el secreto del arte de ayudar a los demás. Todo aquel que no se halla en posesión de él, se engaña cuando se propone ayudar a los otros. Para ayudar a otro de manera efectiva, yo debo entender más que él; pero, ante todo, sin duda debo entender lo que él entiende. Si no sé eso, mi mayor entendimiento no será de ninguna ayuda para él. Si, de todos modos, estoy dispuesto a empenacharme con mi mayor entendimiento, es porque soy un vano o un orgulloso, de forma que, en el fondo, en lugar de beneficiarle a él, lo que deseo es que me admiren”.
Muchos siglos antes, Epicteto invitaba a aquellos de sus discípulos que temían la desnudez de las palabras sencillas, a cuestionarse:
“¿Quieres ser de utilidad o ser alabado?”
El lenguaje técnico es imprescindible en toda disciplina. Facilita y agiliza la comunicación, ahorra la necesidad de clarificar permanentemente el sentido de los términos utilizados y pule la ambigüedad significativa de las palabras más usuales. El problema surge cuando ese lenguaje técnico se torna autorreferencial; cuando se olvida que fue acuñado para designar realidades concretas, y que estas realidades concretas no necesitan de esos términos para ser lo que son, es decir, que ese lenguaje es extremadamente útil, pero no imprescindible. El abuso del lenguaje técnico en filosofía ha favorecido la desconexión de la reflexión filosófica con la sociedad, con las situaciones reales, con las personas concretas, con la vida efectiva. Son muchos los filósofos que han criticado este abuso. Spinoza, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche y Wittgenstein, entre otros, hicieron ver que parte de los problemas que ocupaban a los filósofos no eran realmente tales; que éstos estaban, en realidad, enzarzados en meros problemas lingüísticos, relativos a las palabras.
Frente a quienes temen depurar al pensamiento filosófico de su lenguaje técnico, y en el otro extremo, se encuentran quienes creen que divulgar el conocimiento filosófico —que, aunque pueda ser sencillo en su formulación, ha de ser riguroso y profundo en su alcance— equivale, por ejemplo, a escribir libros con títulos supuestamente graciosos y contenidos desenfadados y superficiales, llenos de consignas y recetas, que pretenden ahorrar la reflexión exigente y sostenida que especifica a la actividad filosófica. Estos últimos olvidan que una cosa es desconocer el lenguaje técnico de la filosofía —y necesitar, por tanto, de una iniciación en ella que prescinda de dichos términos especializados—, y otra muy distinta considerar al lector un ser pueril. Esta caricatura de lo que ha de ser la genuina divulgación no hace sino dar razones a los que temen que la filosofía rebase el marco de los circuitos especializados. La reflexión rigurosa, sutil, precisa y persistente es indisociable de la verdadera indagación filosófica, y ningún filósofo ha de renunciar a estas cualidades, honradas, con fundamento, en lo entornos académicos y especializados. Cuando prescinde de ellas, la filosofía degenera en mero sentido común, en mera opinión, o en apotegmas y trivialidades bienintencionadas.
No se nos escapa que, en la medida en que este movimiento que promueve las prácticas filosóficas se dirige, si no al gran público, sí a un número significativo de personas, aparecerán a su sombra obras de pseudo-divulgación; de hecho, algunas ya han visto la luz. Tampoco se nos escapa que, dado el auge creciente del “mercado de la felicidad”, habrá filósofos que intenten vivir de las aguas revueltas del mismo, desfigurando esta actividad hasta convertirla en un objeto de consumo más, y que no tengan pudor en recurrir a las argucias que la competencia dentro de dicho mercado favorece. Pero este peligro no es algo inherente a esta forma de entender y de practicar la filosofía; se deriva de la estructura misma de nuestra sociedad, que tiende a fagocitar, insertándolo en el mercado de masas, todo aquello que puede tener eco en un número amplio de individuos. Es un problema de nuestra sociedad… y de quienes pretendan servir, mediante esta actividad, “a Dios y al Cesar”. Por cierto, esta tentación mercenaria no sería una novedad dentro de la historia de la filosofía. Permitió al ya mencionado Musonio Rufo ser el protagonista de una anécdota y de un comentario muy perspicaz a este respecto:
“Musonio mandó que dieran mil monedas a un mendigo del tipo de los que se presentan a sí mismos como filósofos, y cuando muchos le dijeron que era un individuo despreciable, malo y malicioso y que no merecía nada bueno, cuentan que el filósofo dijo sonriendo: ‘Entonces merece dinero’”.
Pero los peligros señalados no han de eclipsar lo fundamental: que la filosofía puede y debe estar al alcance de un número significativo de personas sinceras e inquietas, sin desvirtuarse. Más aún, como ya señalamos, la práctica filosófica, en virtud de la raíz milenaria de la tradición en la que se sustenta, es el mejor antídoto frente a la confusión que ha generado el creciente “mercado de la felicidad”; un mercado que ha desvirtuado, desgastado y eclipsado el sentido profundo de tantas expresiones —autorrealización”, “autoconocimiento”, “liberación”, “cuidado de sí”— propias, en su origen, de la filosofía sapiencial. De hecho, muchas de estas expresiones se están utilizando en ciertos sectores para legitimar los peores defectos de las sociedades occidentales contemporáneas: la búsqueda del éxito fácil y rápido, la ambición y la codicia desmedidas, el individualismo insolidario, etc. La práctica filosófica, al iluminar estas nociones desde la tradición filosófica, puede contribuir a devolverles su verdadero sentido y alcance.