“Los enfermos se enfadan con el médico que no receta nada, y piensan que se desentiende de ellos; ¿por qué no mantenemos esa misma postura con el filósofo, de modo que creyéramos que se desentiende de que lleguemos a ser sensatos cuando no nos dice ninguna cosa práctica?” (Epicteto)
En 1981, casi dos mil años después de que Epicteto pronunciara estas palabras, pero animado con el mismo espíritu, un filósofo alemán, Gerd Achenbach, decidió abrir una consulta con la finalidad de ofrecer un servicio de orientación a aquellas personas interesadas en clarificar, desde una perspectiva filosófica, sus preguntas significativas, retos y conflictos existenciales. Denominó a su actividad “Philosophical Practice” (“Práctica Filosófica”, “Praxis filosófica”), una expresión que ha de ser entendida en el sentido de “filosofía practicada”, “filosofía vivida” o “filosofía puesta en acción”. Con posterioridad, este servicio rebasará el marco de la consulta privada y se ampliará también a grupos y a organizaciones, unos ámbitos en los que está encontrando una diversificación creciente que se corresponde con la vocación de este movimiento de estar presente en todas las esferas de la sociedad.
Ese fue, por tanto, el punto de partida de un movimiento filosófico que tiene actualmente presencia en los cinco continentes y del que forman parte filósofos que, si bien tienen talantes y formas de pensar muy dispares (entre ellos cabe encontrar todas las posiciones filosóficas posibles), comparten ciertos supuestos con respecto la naturaleza de la actividad filosófica. En concreto, consideran que la filosofía debe retomar una de las dimensiones presentes en su sentido originario, actualmente relegada: la de ser el arte y la ciencia de la vida por excelencia; que sólo en la medida en que la filosofía recupere la señalada dimensión el mayor número posible de personas podrá beneficiarse de la reflexión filosófica en su vida cotidiana; que “el saber más necesario”, el que nos enseña a ser seres humanos, a ser interiormente libres y a vivir de forma plena y lúcida, no puede quedar relegado a unos pocos especialistas. Consideran, por último, que la filosofía se ha tornado demasiado auto-referencial y que al hacerlo ha dejado de ser fiel a su cometido originario; que, como afirmaba el filósofo John Dewey a comienzos del siglo XX, sólo relevará sus mejores posibilidades “cuando deje de ser un instrumento para tratar los problemas de los filósofos y llegue a ser un método, cultivado por los filósofos, para hacer frente a los problemas del ser humano”.
Los filósofos que comparten esta forma de entender la filosofía promueven distintas prácticas filosóficas que aspiran a concretar la voluntad señalada de que la filosofía recupere su dimensión operativa y su conexión con la vida cotidiana. Estas prácticas son potencialmente ilimitadas y dependen de la creatividad de los filósofos asesores. Aunque no hay absoluta unanimidad a este respecto, se suele reservar la expresión “Práctica filosófica” para designar a este movimiento filosófico y las distintas prácticas que promueve, y la de de “asesoramiento filosófico” (“orientación filosófica” o “consulta filosófica”) para denominar una de las prácticas más conocidas, la consulta privada de filosofía, de la que nos ocuparemos de forma más extensa.
Este movimiento no es, por consiguiente, como algunos han afirmado, una moda pasajera estimulada por algunos best-sellers (en los que muchos filósofos asesores, entre los que me encuentro, no se reconocen) o una forma hábil de aprovechamiento del boom actual de las distintas formas de asesoramiento —algo así como un recurso estratégico dada la actual de crisis de la filosofía y las cada vez más reducidas salidas laborales de los filósofos—. Se trata, en cambio —en palabras de Ran Lahav—, de “una nueva versión de una vieja tradición”. Es una actividad muy antigua en su espíritu, tanto como la misma filosofía, que encuentra su principal fuente de inspiración en la actividad de los primeros filósofos; y ello, obviamente, por más que sea nueva en su forma, en la medida en que se adapta a los marcos y a los contextos contemporáneos, y por más que resulte novedosa si se compara con lo que ha sido el tipo de actividad filosófica predominante desde la Edad Media en Occidente.
Lejos de ser una moda o una oferta más a añadir al confuso “mercado de la felicidad”, cada vez más pujante en una sociedad crecientemente compleja y desorientada como la nuestra, este movimiento puede tener una función “preventiva” frente la confusión ocasionada por las modas que surgen continuamente en el ámbito de los servicios que promueven el desarrollo personal y frente a la improvisación que muchas veces conllevan estas ofertas. La misma Psicología —que podría parecer ajena a esta improvisación, es decir, que parecería cumplir ya esta función preventiva— no deja de ser una ciencia joven que está todavía en proceso de formulación. El asesoramiento filosófico cumple la función señalada en la medida en que retoma una tradición milenaria, la de los grandes “maestros de la vida”; en que se inspira y apoya en lo que ha venido descubriendo sobre el arte de vivir lo más selecto del género humano, es decir, en una sabiduría contrastada y verificada por el tiempo. Denuncia el error que supone dejar de lado este legado de sabiduría para pretender innovar permanentemente en todo lo relativo a la consecución de los fines de la vida humana. No necesitamos reinventar, en el corto espacio de una vida, lo que han descubierto las mentes y los corazones más preclaros de la humanidad. Esto no sólo resulta necio, sino peligroso; más aún, cuando disponemos de la perspectiva necesaria para depurar esas aportaciones de sus adherencias estrictamente culturales y de sus elementos caducos, extrayendo, así, lo que en ellas es válido de un modo intemporal.